Mi vida es un carnaval

Volví a escribir. Dos semanas después de haber llegado a Buenos Aires, me siento nuevamente en la compu para escribir la última entrada de este blog. Confieso que no es fácil volver a poner la cabeza en estado viaje para relatar los sucesos del último tramo, pero no por eso quiero dejar inconcluso este blog, así que haré mi máximo esfuerzo para que salga algo digno.
Salir de Ushuaia fue raro. Por vez primera tuvimos que desandar nuestro camino, volver por la misma ruta que habíamos pisado y parar por segunda vez en la misma ciudad. Dormimos en Rio Grande nuevamente y emprendimos la vuelta al continente. Cuando pasamos por la primera frontera (para entrar a Chile) hicimos el control de rigor. La policía chilena nos pidió que declaráramos si teníamos alimentos frescos y, obviamente, le dijimos que no! Pero la señorita que estaba controlando no se confió mucho de nuestra palabra y empezó a revisar nuestro vehículo. Abrió bolsos, corrió cajas, miró en la guantera y hasta debajo del asiento… hasta que finalmente encontró 2 tomates (para los sándwiches que íbamos a preparar después) y 3 huevos. Mientras que lo sacaba repetía una y otra vez que correspondía una multa por eso. Lo hizo a Alan acompañarla a la oficina mientras yo rezaba para que nos perdonaran la multa. Sufrí durante 10 minutos hasta que volvió Alan y me dijo que la mina se había copado y nos la había perdonado (según ella, porque Alan siempre la trató muy correctamente y porque no había otra gente escuchando). Nos quedamos sin tomate para los sándwiches, pero con la alegría de habernos ahorrado la multa de $2600 (y también con la certeza de que somos dos pelotudos, no daba arriesgar por semejante boludez).
Después de eso volvimos a atravesar los 100 kilómetros de ripio, el ferry, de nuevo la frontera para entrar a Argentina y finalmente llegamos a Rio Gallegos! Dormimos en la casa de los papás de Sofi nuevamente, y aunque no nos queríamos ir porque nos sentíamos muy cómodos, nos dimos cuenta que nos quedaban pocos días para recorrer muchos kilómetros.
De ahí en adelante nos esperaban días enteros arriba de la rusita. Hasta ese momento habíamos conseguido manejar los tiempos como queríamos, no nos apuramos, disfrutamos lo que queríamos en cada lugar. Pero ahora la cosa era distinta, teníamos que volver la primera semana de marzo y nos quedaban un par de miles de kilómetros para recorrer. Y si bien hay gente que hace Río Gallegos-Buenos Aires en tres días, para nosotros veinte no eran suficientes para recorrer esas distancias.
La primera parada era Puerto San Julián, a unos 400 kilómetros de Río Gallegos. En el medio hicimos una parada por el Parque Nacional Monte León. Alan no estaba muy convencido porque esas incursiones en la naturaleza profunda incluyen siempre caminos chotos, pero yo fui lo suficientemente pesada como para convencerlo. Llegamos a la casa del guardaparques para registrarnos y que nos contaran un poco de qué se trataba y nos comentaron que había una pingüinera, podíamos ver de cerca de los famosos pingüinos de Magallanes. No habíamos pagado la excursión en Ushuaia para ver a los que habitan esa zona y no sabíamos si en Puerto Madryn podríamos ver algunos, así que ahí fuimos. Dejamos el auto adentro del parque y había que caminar unos dos kilómetros. En el camino, había unas señalizaciones que advertía la presencia de pumas en la zona. Muy polémico el cartel, que te hacía pensar que podías morir en cualquier momento devorado por un puma (solo le faltaba decir: “si ve un puma póngase a rezar”). Por suerte no nos cruzamos con ningún felino y llegamos a la pingüinera sanos y salvos. La verdad, me sorprendió el lugar, no pensé que íbamos a tener tan cerca a los pingüinos ni mucho menos que íbamos a ver una colonia tan grande. Durante todo el viaje me resultó un flash ver a los animales en sus hábitats naturales. Me ayuda a desnaturalizar mi entorno, a no creer que lo obvio es vivir rodeada de autopistas y edificios, a no creer que hay animales que sólo existen en zoológicos o que la raza humana es la dueña de todo. Me da ganas de no llevar nunca más a mis sobrinos a Mundo Marino, sino llevarlos a estos lugares (aunque quede algunos kilómetros más lejos, ja!).
A la nochecita llegamos a Puerto San Julián en busca de un lugar para dormir. Fuimos a la oficina de turismo en busca del mejor precio y nos dijeron: “hay un lugar que se llama Hotel Argentino que es lo más barato, aunque no está dentro de los hoteles que tenemos nosotros registrados. Pero te recomiendo que si queres ir a un lugar limpio vayas a otro lado”. Fuimos al Argentino pensando que no podía ser tan terrible, pero la chica de turismo tenía razón. Le pedí a Alan que fuéramos a ver otros lugares y encontramos lugares lindos a precios razonables por lo que ofrecían, pero más caro que el primero, así que decidimos volver. Paramos el auto en la puerta y yo no me quería bajar, prefería quedarme un par de horas en la rusita y entrar para acostarme cuando ya fuera la hora de dormir. Creo que rankeaba alto dentro de los lugares más horribles en los que dormimos. Igual, me quedé en la rusa un rato y después entré.
A la mañana siguiente nos compramos unas facturas para desayunar frente al mar y seguimos viaje. Nos quedaban otros 400 kilómetros para salir de Santa Cruz y dormir en Comodoro Rivadavia (o alrededores). En la rusa 400 kilómetros son, en promedio, entre seis y siete horas, y como el día anterior ya habíamos estado muchas horas andando, se tornaba un poco pesado. En una estación de servicio nos pusimos a hablar con un señor que había sido ex combatiente de Malvinas. Nos emocionamos un poco. Discutimos con Alan sobre si eran héroes o víctimas. Nos gustó charlar con alguien que fue protagonista de la historia de nuestro país.
Llegamos tipo 18hs a Caleta Olivia y nos enteramos de que la ruta estaba cortada. El acueducto que hacía llegar el agua a la ciudad estaba roto y la gente no tenía agua hacía más de 10 días. Ni el gobierno local, ni el provincial ni el nacional les estaba ofreciendo ninguna respuesta y mucha gente tenía que comprar agua mineral (o ir a buscar agua al mar) para poder hacer algo tan básico como tirar la cadena del inodoro. Los camiones y los autos se iban acumulando en una fila infinita y nosotros también estábamos ahí. En un momento me bajé y fui caminando hacia donde estaba el corte para ver si podía tener alguna información, pero camine varias cuadras y ni siquiera vi el principio de la fila, así que me volví. Los camioneros se ponían a charlar entre ellos al costado del camino, los que tenían chicos jugaban a cualquier cosa al lado del auto, algunos se entretenían con sus tablets, otros escuchaban atentos la radio siguiendo los partidos de la fecha (era domingo) y muchos pasaban el tiempo tomando mate. Me sentí en el medio del cuento de Cortazar “La autopista del sur”. No había caminos alternativos para cruzar a Chubut ni información certera de cuándo íbamos a poder hacerlo. A las 20hs avanzamos un poco, pero se volvió a cortar. Ahí si fui nuevamente en búsqueda de información de primera mano y me comentaron los que estaban haciendo el corte que iban a abrir 15 minutos cada dos horas (en esos minutos abrían la mitad en una dirección y la otra mitad en la otra). A las 22hs avanzamos nuevamente y nos quedamos a 3 autos del corte! Estábamos en frente de una YPF así que cerramos el auto y nos fuimos a cenar ahí. Lo loco que, ahí mismo nos pusimos a charlar con un camionero que también había sido combatiente de Malvinas. No nos habíamos cruzado con ninguno en todo el viaje y ese día nos pusimos a charlar con dos!
A las 12 finalmente abrieron y pudimos pasar. Antes de Comodoro Rivadavia pasamos por Rada Tilly, una localidad balnearia que está a pocos kilómetros de la gran ciudad. Ya eran la 1am y lo más económico que conseguíamos valía $350; así que nos fuimos a Comodoro en busca de algo más económico. Dimos varias vueltas, pero lo más barato seguía siendo muy caro, sobre todo teniendo en cuenta que íbamos a tener que abandonar la habitación 8 horas después. Así que, por primera vez desde que habíamos salido, decidimos dormir en la rusita. Nos buscamos una estación de servicio cualquiera, estacionamos el auto, apoyamos nuestras cabezas contra el vidrio y dormimos! Los asientos en teoría se reclinan, pero no queríamos ponernos a acomodar las cosas de atrás para hacer lugar, así que dormimos con el respaldo vertical. La verdad es que en las primeras horas me desperté varias veces porque tenía frío, pero en cuanto agarré la bolsa de dormir le pegué tres horas de sueño seguido! Nos despertamos tipo 9.30hs, con plena luz del día, en una estación en el centro de Comodoro con mucho movimiento! No fue tan grave, la verdad es que nos sentimos tontos de no haberlo probado antes en el viaje.
Eso si, estábamos cansados como para volver a andar otros 400 kilómetros, así que temprano decidimos ir al hotel de Rada Tilly que habíamos visto el día anterior. Seguían siendo los mismos $350, pero íbamos a aprovecharlo 24 horas en lugar de 8. Nos bañamos, nos tiramos a dormir y a la tarde fuimos a la playa y a pasear por el pueblo. La playa es super extensa y el mar no es más frío que el de Mar del Plata. Eso sí, había bastante viento así que la gente buscaba reparo para poder tomarse unos mates tranquila. El lugar es muy lindo, aunque tenía algo que no nos cerraba. Era como un country pero sin rejas: todas las casas lindas, la gente rubia, los chicos jugando al rugby o andando en rollers, los pocos locales comerciales que había eran super top y los parquizados de las casas eran tan perfectos que se podía jugar al golf. Siempre que veo lugares así me genera muchas contradicciones. Por un lado, el placer de estar en un lugar bello y cuidado, las ganas de vivir en un lugar así… y por el otro, la sensación de que para que alguna gente viva muy bien y con mucha plata, tiene que haber mucha más gente que viva muy mal y con nada de plata.
A la noche aprovechamos que la habitación era grande y tenía una mesita para preparar unos bifecitos a la criolla con ensalada ahí mismo y volvimos a dormir cómodos! Al otro día nos tocaba viajar otros 400 kilómetros para llegar a Puerto Madryn.
Después de Ushuaia, Puerto Madryn era la primera ciudad turística que pisábamos, y nos encontramos con precios no muy alentadores. La ciudad es linda y tiene mucha oferta hotelera, pero todo los atractivos que tiene se pueden ver pagando excursión. No era época de ballenas, y no íbamos a pagar para ninguna otra cosa, así que nuestra estadía no fue muy prolongada. Tuvimos la suerte de llegar y encontrar que había un camión itinerante del Ministerio de Salud en el que pedían donantes voluntarios de sangre. Y la verdad es que yo no donaba hace un montón (porque me el año pasado me operé del juanete) y siempre me da alegría hacerlo, así que aproveché para hacer mi contribución de sangre, charlar con gente del lugar, reírme un rato y sentirme contenta de poder ayudar a otros con solo dejar que me pinchen un ratito!
Fuimos a la playa (que es linda pero está llena de algas, eso me dio un toque de asco, aunque no me impidió meterme) y disfrutamos de pasear por la ciudad, que es muy linda. Parece un buen lugar para vivir, porque es de un tamaño intermedio, tiene una costanera hermosa para salir a caminar y un centro bastante interesante. Fuimos también a la Península de Valdes y disfrutamos de la hermosa playa de Puerto Pirámides. Seriamente, una playa para tener en cuenta si lo que se busca es un mar transparente y no muy frío, una playa amplia y en algunos lugares con la sombra y un pueblito tranquilo.
En el hostel conocimos a un grupo de tres rosarinas veinteañeras que estudiaban antropología y charlamos bastante. Un poco me hacían acordar a mí 10 años atrás. Me dio nostalgia y alegría conocerlas. Qué rápido se pasa la vida, que linda fue mi juventud y cuánto pienso disfrutar todo lo que me queda de vida. Sea mucho o poco, estoy decidida a nunca quedarme en la queja, no pensar en que hay algo que no puedo hacer, no lamentarme por lo que no tengo.
Los días en Puerto Madryn se terminaron y seguimos subiendo por la ruta 3. El próximo destino fue Las Grutas, esa ciudad balnearia que genera tanto amor y odio. Conozco a más de uno que la detesta y a varios que la adoran. Unos días antes había hablado con mi amiga Pau Arrue y me había comentado que iba a estar en esa localidad de vacaciones, justo para la fecha en la que nosotros íbamos a pasar, así que contentos fuimos a su encuentro. Pau y Luis tienen una hija que se llama Martina y la última vez que la había visto, era casi un bebé. Reencontrarme con Martu hecha ya una nena fue la prueba más contundente de que, aunque no lo sintiéramos así, había pasado bastante tiempo desde nuestra partida.
Si bien habíamos estado en otras playas antes (de lagos y de mar), ésta me hizo sentir en mi infancia. Todo lo que tiene que tener una playa lo tenía: vendedores de churros; de pochocho; de pañuelos; de barriletes; de burbujero; de choclo; de pan relleno; de helado y mucho más; chicos corriendo de un lado para otro; desafíos de paleta-pelota; partidos de fútbol playa que se ponen picantes con el público a los costados y castillos de arena; barrenadoras de tergopol en el mar y gente blanca que quedó encendida después de un día de sol sin protección.
Nos tocaron lindos días de sol, que disfrutamos en la playa y a la noche nos juntábamos a cenar con Pau, Luis y Martu en su apart hotel (nosotros estábamos en un hostel a unas cuadras). Fueron unos días de mini vacaciones con amigos. Obviamente, nosotros llegábamos a la playa sin más equipamiento que la malla y el equipo de mate, y ellos iban preparados para todo: carpa playera, heladerita con alguna bebida y yogurt para Martina, baldecitos y pala, lona, toallón y vasito anti-vuelco. Como se complica ir a la playa cuando empieza a haber niños! La pasamos tan bien que me confirma que 15 días de vacaciones por año es una ridiculez. Uno debería poder irse con su pareja/familia 15 días y tener otro tiempo para disfrutar con amigos. No hay manera de hacer crecer los vínculos afectivos si no es compartiendo tiempo. Y no hay manera de tener una buena vida si uno no está rodeado de esos amigos. Algo me dice que trabajar mil horas por día durante todo el año no es sano!
Ellos se quedaron disfrutando de sus vacaciones y nosotros seguimos viaje. Pasamos por Viedma, comimos a la orilla del río, dormimos una siesta en el pastito y nos fuimos al balneario El Condor en donde nos recibieron con mate y unos ricos churros. Una compañera del voluntariado (nos conocimos haciendo acompañamiento educativo en barrios vulnerables) estaba de vacaciones ahí con la familia y gentilmente nos ofrecieron un lugar donde dormir. Alan hizo pollo a la parrilla para toda la familia y todos contentos! Al día siguiente, después de almorzar, seguimos subiendo.
A la media hora de haber salido ya estábamos en Provincia de Buenos Aires. Si bien nos quedaba una semanita, entrar nuevamente en nuestra provincia era, de algún modo, confirmar lo que ya sabíamos… nos quedaba muy poco. Paramos en Bahía Blanca, en el único hostel que hay que está en una zona no muy agradable (el equivalente a Constitución en capital federal). La edificación era muy grande y, si bien era un hostel, funcionaba más como conventillo, porque había mucha gente viviendo ahí. Los baños eran un asco pero la ducha salía caliente y fuerte y las camas estaban bien. La habitación en la que estábamos daba a la calle y a las 4 am nos despertaron los gritos de la gente que estaba afuera peleándose. Pasar tanto tiempo alejada de la gran ciudad me hizo desacostumbrarme a las situaciones de violencia con las que solemos convivir en capital. No sabemos muy bien cuál fue el motivo que originó la pelea pero a uno le rompieron el parabrisa y las cuatro cubiertas y escuchamos a gente pasada en alcohol amenazándose de muerte y otras cosas. La bienvenida a nuestra provincia no parecía ser la mejor. Pero, ya tendría tiempo Buenos Aires para redimirse, y así lo hizo.
De Bahía nos fuimos a Casbas, un pueblo ignoto de 5000 habitantes que queda al oeste de la provincia de Buenos Aires, bastante pegada a La Pampa. Un pueblo en el cuál no tendría ningún interés particular si no fuera la tierra de mi amiga Rochi Moralejo. La vida me sorprendió al encontrarme con gente maravillosa cuando ya era grande y creía que ya tenía a todos los amigos que necesitaba y yo tuve la viveza de no dejar pasar a esa gente. Una de mis amigas que conocí ya siendo grande es Rochi. Aunque ella y yo trabajamos en distintas áreas en Merck, rápidamente pegamos onda y compartimos mil almuerzos con charlas banales y profundas; y pudimos sostener esta amistad aún cuando dejamos de compartir el ámbito laboral. Estamos en desacuerdo en un montón de cosas, pero no por eso dejo de admirar su coherencia, la garra que siempre le puso a su formación y sus valores.
Rocío no sólo nació en Casbas, sino que ese pueblo es una parte clave de su identidad. Y yo sentí que si no conocía a ese lugar, iba a ser imposible terminar de conocerla a ella. De modo que arreglamos para encontrarnos allá el fin de semana de carnaval. Ella me dijo, como al pasar, que nos iban a recibir en la casa del campo. Y yo, que no soy una chica de campo, no tenía idea lo que eso significaba. La casa de campo de la familia de Ro fue la estación de ferrocarril que empezó a funcionar ahí hace más de 100 años, cuando el pueblo todavía no estaba fundado. Cuando dejó de ser la estación lo compró otra familia que lo transformó en una casa y finalmente lo compró el abuelo de Rochi, quien tuvo abandonada la edificación hasta que, hace un par de años, los papás de Ro decidieron restaurarla. Nuestra cara de asombro al entrar debe haber sido de novela. Parecía una de esas estancias para extranjeros y gente muy adinerada por la que te cobran u$s 300 dólares la noche. La cocina-comedor había sido modificada para poder tener muchos invitados, pero todo con la estética original. Los pisos, los muebles, las ventanas… todo era bellísimo! Sin dudas uno de los lugares más lindos donde dormimos en todo el viaje.
En Casbas nos recibieron de lujo. Los papas de Rochi invitaron a muchos amigos a comer un guiso con choclo cosechado ahí mismo el día anterior así que disfrutamos de un almuerzo exquisito con gente del lugar. Lo que más me sorprendió de las conversaciones es que es imposible escapar de la mirada ajena viviendo en un pueblo tan chico. Todos saben lo que hacen y dejan de hacer todos, y funciona una suerte de control social que no me divierte mucho. Me impresiona un poco que alguien te vea por la calle en un auto y sepa de quién es ese auto. Los rumores van y vienen, y es imposible hacer algo sin que todo el pueblo lo sepa. Está bueno poder saludar a todo el mundo en la calle, saber quien es, poder charlar un poco… pero no está bueno que tengas que dar explicaciones de todo lo que haces todo el tiempo.
A la tarde fuimos a la laguna de Cochicó, que está ahí nomás, a tomar mate. Es una laguna que ya la conocía de nombre, porque es muy famosa entre los pescadores de pejerrey… Mi equipo de pesca se quedó en Mendoza, así que no pude probar suerte con los pejerreyes, pero disfrutamos de la tarde con charla política y bizcochitos.
Al día siguiente le pedimos al papá de Ro que nos hiciera una visita guiada por su criadero de chanchos. La familia de ella vive del campo, un poco de la soja, otro poco de otros cultivos, y otro tanto de un criadero de chanchos. Fuimos a aprender un poco cómo se criaban los chanchos que eventualmente terminan en nuestras parrillas. Siempre es interesante aprender cuales son las limitaciones y las potencialidades de un negocio, cómo funciona, cómo fue cambiando el negocio a partir de ciertos avances tecnológicos, cuánto hay que invertir para poder empezar en ese rubro. Lo primero que hay que tener para montar este negocio, diría yo, es coraje. Ver la producción y matanza industrializada de animales para el consumo humano es una experiencia fuerte. Me hizo poner en evidencia todas las contradicciones que siento con respecto a ese tema, cuán en desacuerdo estoy con eso y al mismo tiempo lo poco y nada que hago para dejar de consumir carne. Uno tiende a naturalizar sus costumbres y a sacarle el contexto. Cuando como una bondiolita de cerdo no pienso en el criadero de chanchos, simplemente la disfruto. Y al mismo tiempo, si bien no me divierte ver como producen y matan a los chanchos, en ningún momento se me cruzó por la cabeza seriamente dejar de comer animales para evitar eso. Como me gustaría poder ser coherente siempre! Creo que es una de las virtudes más difíciles de alcanzar.
También Rochi organizó una cena con sus amigos y disfrutamos todos de unos bifes al disco que estaban para chuparse los dedos. Hablamos con los chicos (que son un poco más jóvenes que nosotros) de la vida en Casbas y nos divertimos mucho.
Pero la experiencia más copada de nuestra estadía en Casbas fue el carnaval. Ese fin de semana se cerraba el carnaval en Guamini, una localidad cercana que forma parte del mismo municipio que Casbas, y ahí fuimos. Yo nunca había estado en un carnaval y, en el momento en el que entré, me di cuenta que es la clase de fiestas que me divierten. Una fiesta popular, con morfi a precios populares, con chicos tirandose espuma, con gente de todas las edades participando en las carrozas, con familias enteras que habían llevado sus sillitas para instalarse al lado del “corsódromo” (la calle principal del pueblo que había sido cerrada para la ocasión), con música, con fuegos artificiales y con un exceso de buena onda. Moría por comprarme un pomo de Rey Momo y empezar a tirar espuma a gente que no conocía, pero mi amiga me advirtió sobre las consecuencias que eso podía tener (es decir, que íbamos a terminar todos bañados en espuma). Así que nos comimos unos sándwiches de carne con papas y nos paramos a ver como transcurría el evento. En un momento baja un hombre disfrazado de la carroza que era un barco pirata y me toma por sorpresa, me alza y me sube al barco. Subió a un par de chicas más, nos ataron al mástil y terminamos bañadas en espuma y agua. Me cagué de frío y de risa un rato y salté del barco cuando ya tenía mi cuota de diversión infantil cubierta.
Nos quedamos hasta el final, esperando el sorteo de un auto 0km que se hacía con el número de la entrada. Que buena manera de terminar el viaje hubiera sido! No nos tocó a nosotros, pero por lo menos se lo ganó una familia que es amiga de Rochi. Aunque, a decir verdad, que buena forma de terminar el viaje fue haber estado en ese carnaval, aun cuando no nos hayamos ganado nada. Lo sentí como el fiel reflejo de lo que era mi vida en este momento, y de lo que había sido siempre: una fiesta.
Terminó nuestra estadía en Casbas, teníamos que dejar ya la bella casa de campo y volver. Podríamos haberlo hecho de un tirón hasta nuestra casa, pero el viaje se hubiera hecho muy largo y no queríamos llegar de noche. Por suerte, conseguimos quién nos reciba en Roque Perez. Grace y Carlos, con quien habíamos estado a mitad de viaje en Córdoba, nos recibieron en esa localidad que es tan cercana a capital federal y al mismo tiempo parece otro planeta. Sumergido en el cemento de capital y GBA, uno tiende a pensar que la vida es parecida muchos kilómetros a la redonda. Pero, evidentemente, no. A apenas 130 kilómetros de nuestra casa la gente vive en pueblos, rodeada de soja y de vacas, de casas bajas y calles de tierra. Llegamos cuando ya estaba cayendo la noche, charlamos, cenamos y seguimos charlando. No pude dormir. Por segunda vez en todo el viaje (y probablemente en toda mi vida) estaba acostada, pero bien despierta. Ya está. Ahora si, sólo quedaba la vuelta, esos 130 kilómetros que nos separaban de nuestra casa y nuestra gente, de nuestra rutina, de la vida que conocemos. Se terminaba esa noche este viaje que empecé a desear en 2010, ese viaje sin rumbo fijo, sin plazos muy definidos, sin planes concretos. Tuvo gusto a poco, aunque confieso que más de una vez hubiera pagado la plata que no tenía por estar con mi familia y mis amigos. No fue exactamente como me lo imaginaba, porque no tenía una idea concreta del viaje. Fue un poco más turístico de lo que hubiese querido, pero me dio el tiempo que necesitaba para confirmar algunas cosas que venía pensando: que necesito mucho menos para vivir; que el tiempo y las experiencias valen mucho más que la plata y las cosas; que quiero y necesito aprender a hacer cosas (menos paja mental y más acción); que necesito hacer mucho más por los demás, porque a mi ya me tocó mucho en esta vida; que hay que tomar las decisiones que nos lleven a ser las personas que queremos ser, sin quedarnos en el lugar de la queja; que nada de lo que nos ofrece la tecnología puede reemplazar un abrazo o una mirada; que la experiencia es intransferible; que hay que laburar mucho para ver como resolver las contradicciones y, sobre todo, pude confirmar que tengo la vida que quiero tener. A veces me da un poco de vergüenza sentirme tan bien sabiendo que mucha gente que quiero no encuentra la manera de disfrutar plenamente estos pocos años que tenemos en este mundo.
Llegamos a casa. Alan tuvo que irse a trabajar desde el minuto 1 (alguien tiene que mantener a esta familia) y yo me dedique estas dos semanas a compensar mis 7 meses de ausencia. Estuve lo más cerca que pude de mis amigos Andre y Agustín, que se casaron en estos días y de los cuales quería estar cerca en este momento tan importante de sus vidas y también hice lo que pude por ver a mis otros amigos y familia; aunque todavía no pude ver a todos ni dedicarle el tiempo que quisiera. Volví a andar en mi bicicleta y me di cuenta que no tengo manera de estar arriba de ella sin que se me dibuje automáticamente una sonrisa en la cara. Conocí a mi sobrina Emma y me reencontré con mis otros sobrinos, que con sus sonrisas y sus abrazos me llenaron de amor en dos minutos. Volví a la cancha, a sufrir por River y su horrible forma de jugar, pero a alegrarme de poder estar en la tribuna gritando. Volví a dormir en mi cama, a comer rico, a disfrutar del departamento en el que vivimos, que nos encanta.
El viaje fue un tiempo maravilloso para pensar, conocer, charlar, desnaturalizar, extrañar, arriesgar. Fueron 7 meses de intensa alegría. Pero cuando llegué a casa me di cuenta que mi vida acá es también muy intensa y alegre. No quiero sonar como Celia Cruz, porque mi tío Julio siempre me decía que era una gusana, pero hoy puedo compartir con ustedes la alegría de saber que mi vida es un carnaval.

PARQUE NACIONAL MONTE LEON- Ruta 3

Pinguino de Magallanes
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Desde la altura se veía que la colonia de pinguinos era muy grande

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Cartel polémico! Te alarmaba más de lo que te ayudaba. Igual, si te viene un puma, cagaste!

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El camino poblado de guanacos

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PUERTO SAN JULIAN

En esta localidad supuestamente se celebró la primera misa en territorio argentino. Al parecer Magallanes primero llegó a San Julian (en un barquito similar al que está en la foto) y después siguió al sur.

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Monumento para recordar a los caidos de Malvinas

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Linda mañana para desayunar frente al mar

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Corte de ruta en Caleta Olivia

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El camino a oscuras, la única luz la de la YPF

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RADA TILLY

A la tarde el mar está copado por los kyte surfers

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La playa con gran extensión, perfecta para remontar barriletes, jugar a la pelota, andar en bici, hacer pelota-paleta o lo que sea

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Casas para todos los estilos, aunque para todos estos estilos hay que tener mucha plata!

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PUERTO MADRYN

Playa linda pero llena de algas

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El centro de interpretación de Península de Valdes, muy interesante

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Puerto Pirámides, una de las playas del país que más me gustó

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Fuimos a un mirador de lobos marinos

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LAS GRUTAS

Martina recién levantada de la siesta

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Pau y Martu

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Adicta al dulce de leche

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Cuando la marea está baja, se ven varios metros de playa con roca, donde se forman las famosas piletas

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Muy interesante este sistema, un hueco en la piedra con forma de pileta que todos los días recambia el agua cada vez que sube la marea. Está bueno porque el agua se mantiene un poco más calentita y tiene pecesitos.

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Churros y mate en la playa. Media hora más tarde eso estaba todo cubierto de agua.

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Burbujas para deleite de los chicos

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Pelota-paleta, infaltable

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Heeeelado helaaaado

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Futbol playero, el equipo de vendedores ambulantes senegaleses contra el resto del mundo. Se puso picante!

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La playa centrica concurrida pero sin apiñarse

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El centro de las grutas

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La más linda de todas

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A Martu le gustaba barrer

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Pintandose los labios

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El equipo completo

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Madre e hija tomando del pico

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Martu señalando los peces

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Comiendo yogurt

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Empezó a crecer el agua sobre las piedras

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Alan se compró un heladito y lo terminó comiendo Martu

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Almorzando en Viedma un día de calor, con Carmen de Patagones en frente

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CASBAS

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La famosa casa del campo

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Se llama así porque efectivamente hay campo alrededor de la casa, ja

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Maiz

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Rochi y yo

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Una de las máquinas del campo (que ya ni me acuerdo para qué servía)

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Hermoso atardecer

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Nuestra habitación deluxe

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El baño divino

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Uno de los ambientes que aun no está acondicionado, pero que tiene los pisos y aberturas originales

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La cocina comedor fue reformada para hacer unos asados espectaculares

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Carnaval en Guamini

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Lista de precios populares

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Si los chicos tiraban sus envases de espuma vacíos ahi, les daban un número para participar de un sorteo

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Los animadores

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Niños y adolescentes terminan cubiertos de espuma

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La murga no puede faltar

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La carroza ganadora, la serpiente se movía y era claramente mucho más copada que el resto. Si no ganaba se pudría todo.

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Los chicos también participaron en categorías individuales

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Show de fuego

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En la carroza gorila, una gorila y un peroncho

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EL barco pirata

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Me atraparon!

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Comparsa

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Bailando cumbia mientras esperamos el sorteo

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Fuegos artificiales para cerrar el evento

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Laguna de Cochicó

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Mate y discusión política

 

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Rochi se hizo la asadora pero fue la mamá la genia que preparó el almuerzo

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Criadero de chanchos

 

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El papá y el hermano de Rochi nos cuentan un poco cómo funciona el negocio

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Los chanchitos recién nacidos

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Este es el padrillo. Con el semen de uno fecundan a un montón de chanchas

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Carlitos con sus dos hijos!

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Cena con amigos y sobrinos de Rochi. Acá con su ahijado!

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Que cara de pícaro!

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Valen teniendo una charla adulta con su tía

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Pablito se jugó y cocinó al disco

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Los bifecitos, un espectáculo

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Acá la banda completa ocupandose de la comida

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ROQUE PEREZ

Desayuno con solcito

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La huerta que ya dio sus tomates peritas y otras variedades

 

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La rusita, preparandose para volver

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Ultima foto con la rusita en viaje

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Nos despedimos, hasta pronto!

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La rusita en la puerta de la casa de mis viejos! Se acabó!

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Patagonia sur, indómita e inabarcable

Cuando nos fuimos del Parque Nacional los Alerces dejamos atrás la Patagonia norte, con todo lo que eso implicaba. Nos despedimos de los caminos entre bosques frondosos y lagos por todas partes, ya no nos esperaba un pueblo cada 100 kilómetros ni una estación de servicio cerca de la otra.

En Esquel, antes de salir con rumbo sur con la idea de atravesar casi toda la provincia de Chubut, tomamos los recaudos del caso: llevamos agua en varias botellas, cargamos nafta y llenamos también un tanque auxiliar de combustible. El nuestro se había ido con otras cosas para algún lugar de Mendoza, pero tuvimos la suerte de que en Bariloche nos regalaran otro. Al cargarlo nos dimos cuenta que la tapa, que estaba vieja, no era de lo más segura, y decidimos amarrar el tanque en posición vertical. Salimos.

Nos habían insistido mucho en el tema de la nafta, la consigna es cargar siempre que se vea una estación de servicio. Hicimos menos de 100 kilómetros y nos encontramos con la primera, y como viajeros muy obedientes paramos a cargar. Hicimos unos 100 más y había otra, pero esta vez con una cola de más de 20 autos. Y, a decir verdad, somos viajeros obedientes pero nos gusta arriesgar un poquito. Seguimos viaje, sabiendo que si no llegábamos al próximo surtidor, teníamos nuestro tanque auxiliar lleno.

Sabiendo que nos enfrentábamos a distancias mucho más grandes que en otras partes del país, habíamos planificado pasar la noche en una localidad llamada Rio Mayo. Como no podía ser de otra manera, unos pocos kilómetros antes de llegar a destino la luz del tablero se encendió y no tuvimos más alternativa que parar a cargar. Bajamos con buena actitud, pensamos que eso se resolvía en unos minutos. Pero al abrir la puerta ya nos dimos cuenta que el viento no nos iba a hacer tan sencilla la tarea. Alan bajó el tanque y la tapa se terminó de romper al momento de abrirlo. Intentó hacer coincidir la boca del bidón de 20 litros con la boca del tanque de nafta y, aunque ambas estaban prácticamente pegadas, el viento se las arreglaba para hacer volar el combustible por cualquier lado. La tarea era de cumplimiento imposible. Plan B. Teníamos un embudo fabricado precariamente por Alan con una botella de gaseosa, pero al intentar cargar a través de ese embudo tampoco daba resultados. Finalmente vaciamos una botella de litro y medio de agua y, al reparo del viento (tratando de que la rusita nos cubra todo lo posible) empezamos a traspasar del bidón grande a la botella de litro y medio y de ésta al tanque de nafta. Yo era la encargada (con mis manitos torpes y todo) de hacer coincidir el pico del embudo con el de la botella, pero como eran exactamente del mismo tamaño uno no encajaba en el otro. Después de completar por primera vez la operación, Alan y yo éramos dos personas altamente inflamables. Imagínense como quedamos después de repetirlo 12 veces!

Llegamos a Rio Mayo. Era sábado a las 5 de la tarde y necesitábamos, en primera instancia, lavarnos las manos y comer; así que compramos una pizza en el único lugar abierto y nos fuimos a la plaza, en donde había un evento organizado por un grupo evangélico. Llegó el momento de buscar donde dormir y todo hacía parecer que la limitada oferta hotelera nos complicaría el presupuesto. Por suerte, a un señor hace unos meses se le ocurrió abrir un hotelito con baños compartidos y un valor razonable, así que ahí nos quedamos.

Esos kilómetros que hicimos entre Esquel y Rio Mayo fueron una pequeña muestra de lo que vendría después: horas de viaje mirando la estepa patagónica, la nada misma. Una vegetación incipiente, apenas unas matas de flores pequeñas o yuyos y la ruta vacía, siempre vacía. Desde ese momento y hasta que llegamos a la mitad de Tierra del Fuego sentí que todo era salvaje y virgen. Durante muchísimos kilómetros la única señal de la existencia de vida humana son los alambrados al costado del camino y la ruta misma. Los guanacos y choiques son dueños de esa tierra y no tienen ningún miedo en pararse en el medio del camino. El viento lo domina todo y no hay lugar donde esconderse cuando empieza a soplar con fuerza. Las líneas del horizonte son siempre suaves y hasta el cielo es distinto. De algún modo, aun sabiendo que pasaron miles y miles de personas por esos caminos, al recorrerlos sentí que las estaba viendo yo por vez primera. Es a la vez un paisaje austero y maravilloso, de una inmensidad insuperable y por momentos muy inhóspito. A lo largo de todo el país hemos visto como el hombre es capaz de convertir cada lugar en un recurso para si mismo. Pero acá no. La tierra no se deja domar tan fácil. Algunos estarán contentos pensando “soy dueño de tantas hectáreas en Santa Cruz y con eso puedo hacer lo que quiero”, cuando en realidad la tierra es la que manda, la que pone las condiciones.

Salimos de Río Mayo bastante temprano, sabiendo que nos esperaban los peores 40 kilómetros de la ruta 40. El día de viaje había arrancado duro. El ripio estaba horrible y tardamos un poco más de una hora en hacer ese tramo. Exactamente en donde termina la provincia de Chubut y empieza la de Santa Cruz arranca un asfalto impecable. Listo, los kilómetros que nos quedaban para llegar a Los Antiguos no podrían ser tan complicados. El viento empezó a levantarse y el manejo se tornaba complicado, así que paramos en la localidad Perito Moreno a almorzar en una estación de servicio y descansar un rato. Nos quedaban apenas 60 kilómetros, pero el viento hizo que parecieran 200! Si a la rusita ya le cuesta agarrar velocidad, imagínense a cuánto íbamos con el viento de costado! La ruta estaba completamente vacía y Alan agarraba el volante con más fuerza que nunca. En el medio de la tensión del manejo empezamos a escuchar un ruido en el techo y unos segundos después vemos a la lona negra que cubre nuestro portaequipajes golpeando contra el auto. Paramos y nos dimos cuenta que la cuerda que la sostiene al portaequipajes se había cortado, de modo que la lona había empezado a soltarse y habíamos perdido en el camino al tanque auxiliar, que estaba vacío y sin otra sujeción más que la lona! ¿Cuántos kilómetros antes lo habremos perdido? Con las ráfagas que había, ese tanque podía estar ya a varios kilómetros! Quisimos primero acomodar la lona atándola nuevamente, pero el viento nos lo hizo imposible, así que decidimos sacarla y meterla en el baúl. Ahora si, íbamos a volver unos kilómetros a ver si encontrábamos el tanque tirado en algún lugar. Pegamos la vuelta y recorrimos unos kilómetros atentos al costado de la ruta, pero no vimos nada. Un poco decepcionados dimos la vuelta y encaramos de nuevo hacia Los Antiguos. De repente, Alan grita: “ahí está” y para el auto. El tanque estaba varios metros al costado de la ruta, apoyado contra un alambrado. Me bajé yo corriendo, luchando contra el viento, rogando que ese alambrado lo siguiera sosteniendo al menos un minuto más. Lo agarre como si fuera la copa del mundo, que felicidad! El resto del camino siguió muy duro, pero después de ese episodio las risas nos distendieron un poco.

Los Antiguos es una localidad en la provincia de Santa Cruz que limita con Chile. Está emplazada sobre el lago Buenos Aires (uno de los lagos más grandes de Sudamérica) y es conocida mundialmente como la capital nacional de la cereza. Hicimos una visita a una chacra, en donde nos contaron un poco de todo, y disfrutamos de ese pueblito pituco a pesar del viento. El dato de color: es un pueblo ignoto y tiene una oficina de turismo más copada que las de Buenos Aires. Enorme, linda y atiende de lunes a lunes de 8 a 24hs! Además, fue el único lugar donde nos dieron información certera con respecto al estado de las rutas de Santa Cruz. Bien por la dirección municipal de turismo!

El próximo destino era el Chalten, pero quedaba muy lejos de Los Antiguos. La idea original era parar dos noches en el medio, pero nos advirtieron que en el único lugar en donde encontraríamos donde dormir era Gobernador Gregores, así que tuvimos que hacer tramos más largos de lo que hubiéramos querido. Ese primer trayecto incluía una desviación de unos 30 kilómetros de ripio para ver “la cueva de las manos”. La verdad, no tenía muchas expectativas al respecto pero viajar tantas horas viendo exactamente el mismo paisaje hace que cualquier atracción en el medio cobre relevancia. Por suerte, el lugar nos sorprendió gratamente. Hicimos una visita guiada muy interesante y el estado de conservación de las pinturas es excelente. Siempre me deslumbra un poco la evidencia de vida humana y formas de organización de hace muchos años. Con la tecnología disponible hace 9.000 años se las arreglaron para que sus pinturas perduren largamente. Y yo que en casa tengo que repintar cada 3 años por la humedad! Valió la pena el desvío, aunque llegamos a Gobernador Gregores cerca de las 10 de la noche y muy cansados, sabiendo que al otro día nos esperaba otro largo tramo de viaje.

Había llegado el día de enfrentar el tramo más largo de ripio de la ruta 40, así que esta vez decidimos salir temprano. Por suerte el viento no era tanto, pero si nos agarró lluvia de manera intermitente. Anduvimos bien, a buen ritmo, aunque los 120 kilómetros se hicieron largos. En una parte la ruta estaba muy embarrada y varios autos estaban encallados en el camino. La rusita, aunque a veces patinaba un poco, se la bancó muy bien! Llegamos a donde empieza el asfalto, en Tres Lagos, y aprovechamos para sacarle los cascotes de barro que tenía adheridos la rusita y almorzar. Habíamos llegado bien hasta ahí, pero el caño de escape se había soltado, un amortiguador estaba roto y una piedra había doblado la barra estabilizadora trasera. El mecánico del pueblo estaba de vacaciones, así que en esa estación nos prestaron un poco de alambre y Alan ató el caño de escape para que no fuera rozando el piso. Nos quedaban ciento y pico de kilómetros de asfalto, que hicimos sin inconvenientes.

Teníamos muchas ganas de llegar al Chaltén, capital nacional del trekking (a esta altura ya se darán cuenta que todas las localidades de Santa Cruz son capitales nacionales de algo). Nos instalamos en un hostel algo raro. Era un terreno en una esquina céntrica, y el jardín de adelante estaba habilitado como camping (salvando las distancias, era como poner un camping en el Parque Rivadavia, no da). Las habitaciones estaban bastante buenas, pero la cocina y comedor eran un asco. En el camping vivían muchos escaladores y guías de montaña y de pesca que van a hacer la temporada. Cuando les sale laburo se van un par de días, y cuando están ahí se la pasan boludeando en el hostel/camping. El Chalten es un pueblo sumamente joven y muy lindo, que tiene vida solamente en verano, ya que las condiciones climáticas del invierno son duras. La mayor parte del turismo es también joven, ya que no hay mucho más para hacer que disfrutar de la naturaleza y hacer vida de montaña. La ciudad está siempre copada por extranjeros, lo que hace que en la cola del super escuches cualquier idioma menos español. Ver estos destinos tan colmados por extranjeros siempre me genera contradicciones, me alegra que tengamos cosas tan valiosas que merezcan la pena venir a verlas de muchas partes y me lamento de que no haya más argentinos que las estén disfrutando. Pero no llego a identificar cuales son los motivos por los cuales no hay tantos argentinos. En parte creo que tiene que ver con lo que siempre nos venden como deseable. Yo misma visité en dos oportunidades la Torre Eiffel antes de conocer el Glaciar Perito Moreno. Ya se, son cosas distintas, y las dos merecen la pena ser vistas… pero creo que si hoy volviera a tener 20 años elegiría viajar por Argentina antes que por el mundo. En fin, dicen que nunca es tarde cuando la dicha es buena, así que me alegro de haber tomado finalmente la decisión de conocer mi país!

Los días en el Chalten fueron de mucha caminata. Creo que, aun desayunando con facturas todas las mañanas, fueron los únicos 4 días del viaje en los que gasté más energías de las que consumí! El clima no ayudó para nada, hubo mucho viento y algo de lluvia, pero no dejamos de disfrutar el imponente cerro Fitz Roy y los distintos paisajes aledaños (ríos, lagos, bosques, estepa, glaciares). El contacto con la naturaleza siempre reconforta.

Y finalmente llegó el momento de dirigirnos hacia Calafate. Antes de salir de Buenos Aires el único destino turístico que yo sabía que no me quería perder era el Glaciar Perito Moreno, así que viví esos días con mucha ansiedad. En el plan original tenía la fantasía de poder estar ahí en mi cumpleaños, pero la partida se fue dilatando y llegamos un par de meses más tarde. ¿Qué importa? Llegamos!

El primer día no pudimos ir al glaciar porque había que resolver el escape de la rusita (aparentemente hay un repuesto del auto que se llama “espárrago” y estaba roto). De casualidad nos encontramos con unos chicos con los que habíamos compartido habitación en el Chalten y nos propusieron ir a conocer los glaciares juntos, compartiendo los gastos de la nafta (el transfer para ir del pueblo al glaciar vale $200, una locura). Como saben, la rusita atrás no tiene asiento y está lleno de cosas, pero como en el hostel teníamos lugar les ofrecimos vaciar todo y que viajaran cual ganado en el baúl. Sin saber a la tortura que se someterían, los chicos aceptaron y como no quisimos que nos paguen la nafta, ellos llevaron los sándwiches para el almuerzo!

Llegamos a las pasarelas y no pude evitar sonreír, sentí una mezcla de “esto no puede ser tan increíble y bello” y “qué generosa que fue la vida conmigo”. Anunciaban lluvia para ese día (y para los siguientes) pero durante 20 minutos tuvimos un cielo cubierto de nubes negras y unos rayos de sol que asomaban por algún lado que hacían que el glaciar reluciera aun más. Estaba hipnotizada por esa imagen, sentí que no podía apartar la vista de ahí. Alan agarró la cámara y estaba desesperado por retratar cada vista del glaciar. Contrariamente a lo que se podría pensar, yo me desentendí completamente de la cámara. Es que ya se que, cuando algo es tan espectacular, ninguna imagen va a guardar ni un 10% de lo que estás viviendo. Entonces me relajo y disfruto, intentando retener la sensación maravillosa de estar ahí, más que la imagen. Caminamos un rato más y se largó la lluvia. Primero llovizna y después con bastante intensidad. Nos fuimos rápido a la confitería, que por todos lados decía (inclusive en el baño) “no está permitido consumir su vianda”. Para cuando llegamos todas las mesas estaban ocupadas y después de una intensa búsqueda pudimos acomodarnos un poco apiñados en una mesa. Juan y Flor, nuestros compañeros de excursión, fueron sacando de canuto los exquisitos sándwiches que habían preparado (debemos admitir que eran mucho más premium que los que hacemos nosotros habitualmente) y los empezamos a comer con algo de disimulo. El lugar ofrecía comida y bebidas a precios exorbitantes pero, como era autoservicio y no había mozos, apostamos a que el desborde del lugar colaborara con nuestra tarea de almorzar bajo techo. Después del primer sándwich se acercó una chica que levantaba las bandejas y acomodaba las mesas para decirnos: “chicos, no está permitido consumir su vianda acá”. Nos dio un poco de vergüenza, pero en lugar de irnos, para el segundo sándwich mejoramos notoriamente la táctica de disimulo. Estábamos siendo bastante observados y no era sencillo. De más está decir que nuestra intención no era infringir las reglas del lugar, sino almorzar en un banquito mirando el glaciar… pero la intensa lluvia nos obligó a hacerlo. Charlamos ahí adentro largo rato y la lluvia empezó a parar. Un rato más tarde estábamos paseando por las pasarelas con el cielo despejado!

Es muy loco que, después haber visto cientos de imágenes espectaculares del glaciar, uno se sorprenda al verlo como si nunca hubiera escuchado la existencia de algo así. Creo que en el fondo todos guardamos la ilusión de poder transmitir nuestra experiencia y eso es maravillosamente imposible. Ahora mismo, escribiendo estas líneas, me siento un poco tonta. Nada de lo que escriba podrá hacerles llegar lo que estoy viviendo; ni aunque tuviera el don de elegir las palabras más precisas y ordenarlas de una forma perfecta. No se puede vivir a través de la tele, de los diarios, de los libros ni de Internet… Hay que salir al mundo y experimentarlo!

Ya lo teníamos un poco decidido, pero esa tarde mirando el Perito Moreno nos terminó de convencer: contratamos la excursión de mini trekking. Totalmente fuera de nuestro presupuesto (con lo que gastamos en esa excursión podríamos haber pagado la comida de más de diez días), pasamos la tarjeta con algo de dolor y listo! Nos teníamos que levantar relativamente temprano para hacer la excursión y cuando abrí los ojos me di cuenta que nos habíamos quedado dormidos. Estábamos re jugados! En veinte minutos teníamos que estar saliendo y todavía no habíamos preparado los sándwiches (habíamos comprado pollo y palta, así que teníamos que ponernos a cocinar el pollo). La ducha quedó para otro momento y a las corridas preparamos todo. Tan a las corridas que Alan apoyó sus anteojos de sol en el paragolpe trasero de la rusita mientras que fue a buscar algo y los olvidó ahí. Así que, desde que se dio cuenta que había perdido sus amados lentes de sol hasta que nos subimos al glaciar, estuvo de mal humor. Eso si, una vez que estás caminando sobre el hielo, no hay manera de tener mal humor. Gran experiencia la de ponerse los grampones y subirse al hielo. Después de haberla hecho nos dolió un poco menos lo que habíamos pagado. Y la verdad es que daban ganas de quedarse muchos días en Calafate e ir siempre a las pasarelas a boludear con esa vista. Pero había que continuar, aunque no parezca este viaje en algún momento se termina y todavía nos quedaban muchos kilómetros al sur.

Así que salimos rumbo a Río Gallegos cerca del mediodía. Habíamos arreglado en Calafate el tema del escape, pero los amortiguadores ahí salían muy caros y nos sugirieron cambiarlos en Gallegos. Total, estábamos a 300 kilómetros de asfalto. Más o menos a mitad de camino me desperté porque sentía un movimiento extraño y vi que la rusita estaba zigzagueando. Le dije a Alan que bajara la velocidad y en seguida nos dimos cuenta que esos movimientos no eran producto del viento. Paramos la marcha y vimos que las dos ruedas traseras no estaban paralelas, la barra estabilizadora se había roto. El GPS nos decía que estábamos a 26 kilómetros del Paraje Esperanza, un lugar con una estación de servicio y 500 habitantes en la que sabíamos que había señal de teléfono. Resolvimos que yo iría a dedo a esa localidad para poder llamar al seguro y que viniera un auxilio mecánico a llevarnos a Gallegos.

Alan le hizo señas al primer auto que pasó y efectivamente paró (un auto chileno, para seguir sumando buena onda con el país vecino). Le explicamos lo que pasaba y me subieron. Fue tan rápido que agarre la campera y el celular y me subi sin pensar nada. Llegue a la estación de servicio y llamé al seguro, y dos minutos después me di cuenta que hubiera sido bueno llevar plata y el termo para cargar agua caliente. Un rato después me confirmaron que la grúa estaría llegando cerca de las 18hs (eran las 3 de la tarde). En la misma estación enganche a un micro de turistas que iban rumbo a Calafate y les pedi que me dejaran en el camino, así que me reencontré con Alan (y la rusita). Teníamos hambre y íbamos a pasar algunas horas ahí adentro, así que resolvimos cocinar ahí mismo. Teníamos el anafe, una olla, agua y un risoto Knorr; suficiente para un almuerzo digno. Como había bastante viento, acomodamos un poco adentro y pusimos el anafe a mis pies. Comimos de la misma olla cada uno con un tenedor y después nos dormimos una siesta. Nos despertamos tipo 6 y la grúa no venía. Eran las 7 y nada. En Río Gallegos teníamos la dirección de un mecánico y no queríamos llegar a cualquier hora, así que empezamos a mirar el reloj un poco preocupados. Siete y media vimos venir a un auxilio mecánico y nos bajamos del auto a hacer señas como si fuéramos los chicos de la película Viven cuando saludan al helicóptero que los viene a rescatar.

Río Gallegos era, en principio, una parada obligada por una cuestión de distancias, pero además porque yo quería conocer la tierra en donde había nacido y vivido tantos años mi amiga Sofía. Ella vive en Río de Janeiro ahora (se pasó a un “Río” algo más caluroso), pero sus papás nos estaban esperando. Si bien los conocíamos de haber charlado un poco en el casamiento de Sofi y en su último cumpleaños, no esperábamos un recibimiento tan cálido. Inés y Andrés tienen 4 hijos un poco más chicos que nosotros (Fede, que era el último que estaba acá, se fue hace unos días a estudiar a Buenos Aires) y nos mimaron como si fuéramos ellos. Nos consiguieron el mecánico para dejar la rusita, nos fueron a buscar allá cuando llegamos con la grúa, nos esperaron con un cordero patagónico exquisito y mucho más. La rusita quedó en el mecánico y, mientras que veíamos cómo y cuándo se iban a resolver sus problemas mecánicos, nos llevaron a pasear a Punta Arenas (en Chile) y después en Gallegos. En los días que estuvimos ahí nos sentimos como si estuviéramos con nuestros papás en nuestra propia casa. Es lindo, después de 6 meses de viaje, llegar a un lugar en el que te sentís así!

La rusita estuvo lista el lunes a la tarde y el martes emprendimos viaje hacia la provincia más austral: Tierra del Fuego. El viaje a la isla es duro y a pesar de no estar a muchos kilómetros, se hace largo. Hay que cruzarse a Chile, andar un rato, tomarse un ferry con el auto, andar más de 100 kilómetros de ripio, pasar por la otra frontera para volver a entrar a argentina y hacer algunos kilómetros sobre asfalto para llegar a Río Grande (la primera ciudad de esa provincia). Y mucho más arduo se hace cuando hay viento!

Llegamos a la tierra de mi cuñado Tony y aunque no nos pareció “la ciudad de tus sueños” (como dice el cartel que está a la entrada de la ciudad) no está tan mal. Ahí nos recibieron unos amigos de Tony en su linda casa de Chacra XIII. Al día siguiente nos fuimos temprano a recorrer un poco la ciudad y seguimos viaje hasta Ushuaia.

La verdad es que yo creía que Ushuaia estaba muy sobrevalorada por ser la ciudad más austral del mundo, pero por suerte me equivoqué. Ya en los últimos kilómetros antes de llegar, cambia el paisaje. Después de veinte días de no ver más que llanuras sin vegetación, nos encontramos con montañas, lagos, bosques y con una ciudad que está entre el mar y la montaña, lo que hace que luzca muy hermosa. Llegamos a la ciudad y fuimos a la dirección de turismo para consultar por el hospedaje más económico. Resulta que lo más barato de Ushuaia es lo más caro que hemos pagado en todo el país. Ya habíamos visto en Río Grande que los precios de la isla no son muy tentadores, pero en Ushuaia lo terminamos de confirmar. Encontramos la casa de un señor que estaba habilitada tipo hostel y ahí fuimos.

El primer día fue feo y con mucho frío, pero por suerte al día siguiente salió un poco el sol y pudimos disfrutar del Parque Nacional Tierra del Fuego, un lugar realmente bello. El Parque tiene un centro de interpretación muy interesante y, si hubiéramos estado bien equipados, nos hubiera encantado acampar ahí al lado del Lago Roca. Recorrimos los senderos (en un momento nos perdimos en el bosque y estuvimos varios minutos dando vueltas sin encontrar el camino), fuimos a los miradores de la Bahia Lapataia, y disfrutamos todo el parque. Ahí al toque está el famoso “tren del fin del mundo”, así que fuimos a visitarlo (de más está decir que no pagamos los $300 que te habilitan a dar una vueltita) y nos encantó! Al día siguiente aprovechamos que el sol seguía en lo alto para conocer el glaciar Martial. Nos la jugamos y, en lugar de hacer todo el tramo caminando, hicimos el primero en aerosilla. Alan nunca se había subido a una y el día estaba tan lindo que ameritaba hacerlo. No fue una experiencia de mucha adrenalina, pero si de mucho disfrute. Arriba de la montaña hay varios lugares cubiertos de nieve, ideales para hacer culipatin! Terminamos con el culo mojado, pero muy contentos. Después fuimos a visitar el museo del presidio, un museo que vale la pena conocer y que da para pensar en todo el sistema penal de nuestro país. Nos quedamos casi tres horas, pero el lugar da para mucho más. El valor de la entrada es bastante cara, pero el recorrido lo vale. Después aprovechamos que el día es largo en verano para poder pasear por el centro. Recorrimos la avenida principal de punta a punta y seguimos disfrutando de esa hermosa ciudad.

Llegamos a Ushuaia, el famoso “fin del mundo”, aunque yo prefiero pensar que ahí está el principio. Nunca estuvimos tan lejos (en distancia) de casa ni tan cerca (en tiempo). Ya está, más abajo no se puede ir. Hay un sentimiento generalizado de que, a partir de acá, empezamos a volver. Yo creo que este viaje no se trataba de llegar a ningún lugar, con lo cual no hay camino de ida ni de vuelta. Nos quedan algunos días todavía y quiero disfrutarlos como parte del viaje, no como el regreso. El tramo del regreso será para mí, sólo el último día de viaje, en el que finalmente lleguemos a nuestra casa. Todavía quedan paisajes nuevos por ver, personas que conocer, cosas para aprender. Esperemos que la ruta 3 nos depare muchas nuevas aventuras!

Camino a RIO MAYO

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Acá paramos a cargar nafta

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El pueblo es muy chico. Me gusta este negocio porque entre las cosas básicas que vende (como mate) hay sombreros!

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Almorzamos en la plaza mientras disfrutabamos de los espectáculos organizados por la iglesia evangélica

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Rio Mayo es la capital nacional de la esquila y aparentemente en enero se hace una fiesta muy importante. Por eso en la plaza hay imágenes alusivas a eso.

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Imagen típica del viaje. Cuando conseguimos hotelito sin cocina, bajamos todo del auto e improvisamos con el anafe adentro de la habitación. Esta vez hubo panchos!

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Ripio en mal estado!

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Llegamos a Los Antiguos, y el lago Buenos Aires estaba tan picado que parecía el mar

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Visitamos una chacra

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La fruta fina, lo mejor de Los Antiguos

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Ajos

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Merchandising bizarro, esta vez de la ruta 40. Por favor, necesito saber si alguno de mis lectores compró alguna vez una taza con forma de tetas. Me cuesta entender que haya un público para esas cosas.

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El hostel donde paramos, pegadito a la frontera con Chile

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Ahi desde la entrada se ven los conitos de gendarmería

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Fuimos a un mirador, pero se complicaba estar abajo del auto

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Observen la prolijidad de mi cabellera

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Lago Buenos Aires, un rato sin viento

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Seguimos viaje. Los guanacos siempre están dando vueltas

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Cañadon del río pinturas, en la Cueva de las Manos

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Cueva de las manos

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Fauna del lugar

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LLegamos a “Bajo Caracoles”. En el mapa estaba indicado como un pueblo y yo de entrada queria dormir ahí. Menos mal que en turismo de Perito Moreno me avisaron que lo único que había era un surtidor y 4 casas!

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EL CHALTEN

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Cerro Fitz Roy, bastante tapado

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Fuimos al lago del desierto, y en el medio había un río con una cascadita muy linda

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Ahí fuimos al trekking del Glaciar Huemul. Muy lindo a pesar del clima

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Lago del desierto

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Camping polémico, en el medio del centro

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Así eran los surtidores del Chalten, ahora pusieron una YPF

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Que algún entendido en la materia me cuente qué deporte iban a hacer estos chicos, que llevaban una especie de colchoneta doblada en la espalda

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Todo en ese pueblo hace referencia al Fitz Roy y el dibujo de las montañas

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El viento, ese elemento inseparable de la Patagonia Sur.IMG_3376

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GLACIAR PERITO MORENO

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Siempre me emociona que en lugares tan espectaculares ver nuestra bandera

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Vimos un desprendimiento bastante grande. Acá van tres fotos de la caidaIMG_3532

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Excursión de mini trekking

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Uno de los guías, un copado!

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Grietas

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Colores increibles

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Para el final de la excursión, un whisky escocés de 8 años con hielo argentino de 400 años!

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RIO GALLEGOS

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Cementerio (me pareció muy loco como acá usan las flores de plástico, como en el NOA, pero en lugar de poner coronas las “plantan” sobre la tumba)

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Mausoleo de Nestor Kirchner

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Una bóveda que nos llamó la atención, porque tenía la patente de un auto abajo del ataud y la misma patente estaba en una placa en la pared. ¿se habrá muerto en ese auto? ¿lo habrá querido mucho a ese auto?

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Siempre hay más de una versión de la historia. General Roca, prócer o asesino.

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Tratando de vencer el viento mientras caminamos por la costanera

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Cerquita de las Malvinas!

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El lado B de Rio Gallegos, unos terrenos con asentamientos

 

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La mamá de Sofi nos contó que, como hay mucho viento, cuando sus hijos eran chicos e iban a jugar al futbol, todos los padres estacionaban alrededor de la cancha y veian el partido desde adentro del auto. Si hacían un gol, tocaban bocina. No le quisimos creer hasta que vimos una cancha de futbol con chicos jugando, y todos los autos estacionados alrededor!

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El sistema ferroviario, lastimosamente abandonado

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La rusita en Gallegos

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En un par de lagunitas hay famencos

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Nos vamos a la isla. Nos subimos al ferry!

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Por suerte no tuvimos que esperar nada, iba vacío el ferry

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RIO GRANDE

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Estos no se quedaron cortos. No son capital NACIONAL, son INTERNACIONAL!

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Los bulevares tienen lindas flores

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Bue, también son capital nacional, pero de otra cosa.

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Paisaje patagónico

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USHUAIA

Tren del fin del mundo

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El tren está muy pituco para los extranjeros. Vimos fotos de cuando funcionaba llevando a los presos al bosque para que cortaran leña y no estaba tan lindo (los vagones cubiertos eran sólo para las autoridades, los presos viajaban en uno que no tenía paredes ni techo)

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Parque Nacional Tierra del Fuego

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Los castores no son originales de este ecosistema, los implantaron hace varios años. Ellos hacen sus represas como quieren y han cambiado bastante el ecosistema del lugar, porque cambian los cursos de agua haciendo que muchos árboles se mueran.

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Acá si miran bien se ve un castor nadando. Me hizo acordar mucho a una anécdota familiar de cuando ibamos a Brasil en auto, pero no los voy a aburrir con eso…

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Que alguien que sepa que son que cuente! Están pegados en las piedras en la orilla de la bahia Lapataia

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Esta es la bici de un francés que estaba empezando su viaje. Tenía pensado llegar a Quito en 6 meses. Vimos muchisimos ciclistas en esta parte del mundo, gente loca y con mucho coraje que se decide a hacer esta travesía en el medio de locomoción más lindo del mundo

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Zorros

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Usuahia

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Los lupines, adornando cada rincón de la ciudad

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Con el emblemático cartel! Llegamos!

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Tan cerca no debemos estar, si no no te cobrarían u$s 6.000 para hacer una excursión de 10 días a la Antártida!

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El cielo, bellisimo

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Nos subimos a la aerosilla!

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El surco que está atrás de Alan es el que se usaba para el culipatin!

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Vista de la ciudad

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El aeropuerto está puesto sobre algo parecido a una islita. Da miedo aterrizar ahí!

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En el ex presidio. Alan negocia con un preso la tarifa para sacarlo de la cárcel

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La réplica del famoso “faro del fin del mundo” (yo pensé que el faro del fin del mundo era el que salía en las postales, pero no!)

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Este era el patio del presidio

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Pabellón histórico. Acá todo está original.

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Qué fresquete que hacía ahí adentro! Y eso que era verano!

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Alan Nac&Pop

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Para que me griten el famoso “ehhh, sacate la gorra!”IMG_3940

 

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Nos quedamos con las ganas de este museo. Fuimos y estaba cerrado, sin explicación alguna!

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Nos vamos, volveremos en otra oportunidad con más plata para seguir conociendo esta bella ciudad!

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Falsas dicotomias

Estas líneas están dedicadas a mi amiga Andre, esperando que este post nos haga sentir más cerca. 

La vida se trata de elegir. Y a cada momento, con cada decisión, ganamos y perdemos algo. Hay que ser sabio y tomar los caminos que nos lleven a ser las personas que queremos ser. Pero, he aquí el descubrimiento de estos días, a veces (muy esporádicamente) se presenta la oportunidad de tenerlo todo. Así fueron estos días de enero: todo. ¿Playa o montaña? Las dos. ¿Estar cómodo en un lugar lindo o ahorrar? Las dos. ¿Estar cerca de tu familia o en un lugar increíble? Las dos. ¿Nieve o calor? Las dos. ¿Asado o pastas? Los dos y mucho más!!!

Enero, como se sabe, no había arrancado pum para arriba. El primer día del año, estando en El Bolsón, la rusita no quiso llegar hasta el cerro Piltriquitrón ni mucho más; así que tuvo que subirse al remolque por vez primera para llegar a Bariloche. Obviamente, el feriado nacional más respetado por todos, no había disponibilidad de auxilio mecánico… así que abusamos de la generosidad de la familia Magadan y nos quedamos una noche más en el gimnasio de Fernanda. El segundo día del año, con las actividades reanudadas, volvimos en un remolque con un tipo que no paraba de hablar. Alan, como sabe hacer, se desconecta y no da bola. Yo no puedo, no me sale. El tipo nos contó en un poco más de dos horas toda su vida. Y cada vez que escucho las historias de vidas ajenas me alegro de que haya tanta diversidad y que los caminos posibles sean infinitos.

Ya en Bariloche resolvimos el problema de la electroválvula (o algo así, que es lo que regula el paso de combustible de GNC a nafta) e hicimos un poco más de nada. Un día, con la intención de levantar un poco el ánimo, nos fuimos al cerro Challhuaco, a despejar un poco la mente entre bosques imponentes y mantos de amancay. Subimos al mirador de la laguna verde y un poco más allá, y nos cruzamos con esa gente fanática del trekking que sube estos cerros con bebes a cuestas (hay unas mochilas copadas en donde podes meter al pibe, pero a mi la subidita me costó sin más peso que mi cámara de fotos, así que imagino que no debe ser fácil). A veces esas dicotomías también se presentan: ¿tener hijos o viajar? Hay gente que hace las dos (con lo que eso implica para la espalda!).

Un domingo aprovechamos para hacer el famoso “circuito chico”. Almorzamos en la feria de Colonia Suiza (vendían el típico curanto de la zona, pero preferimos el menú nacional y popular, así que comimos hamburguesa), nos metimos en la playa de Tracul para admirar el color del agua, nos deleitamos con las vistas del punto panorámico, fuimos al Llao Llao para ver qué bien se la pasa la gente con mucho dinero y por último volvimos a Colonia Suiza para merendar con chocolate caliente y torta frita. La verdad, ningunos giles los que pensaron que ese recorrido de pocos kilómetros podría ser atractivo.

Y un día llegó Nico, mi hermano. Habíamos hablado y sus planes de vacaciones eran básicamente ir a tomar birra artesanal a un camping del Bolsón, donde tiene gente amiga. Y como el micro hace una parada obligatoria en Bariloche, resolvimos que sería lindo que viniera un par de días a compartir con nosotros. Los dueños de casa ya habían partido rumbo a Chile, lo cual implicó que nuestro caos absoluto se trasladara del monoambiente en el que estábamos a la casa lindera. Con más espacio, claro está, el descontrol crece en lugar de diluirse. Son esos fenómenos inexplicables que cumplen leyes tan estrictas que se podrían graficar con fórmulas matemáticas. La famosa “teoría del caos”.

Llegó Nico y lo entendí todo. Entendí que necesitaba compartir, al menos con uno de mis hermanos, ese dolor tan profundo de haber perdido a mi tío Gaby. Porque nadie más que ellos sabe lo que significaba para mi como sobrina. Ni mis viejos, ni mis otros tíos, ni Alan ni mis amigos pueden entender, tanto como ellos, todo lo que perdimos al perderlo a él. Y con Nico ahí podíamos estar hablando de cualquier cosa, y en el medio mirarnos y decir: “¿te acordas cuando el tío decía tal cosa?” “¿te acordás esas vacaciones que jugábamos a tal otra?” “¿te acordás como puteaba a tal jugador de fútbol?” “¿te acordás los asados que hacía?” y así sucesivamente. No necesariamente tuvimos que hablar de él para saber que teníamos tanta historia compartida. Y al abrazarlo sentí que tal vez hubiera estado bien ir a Buenos Aires ese 27 de diciembre; y también sentí un alivio de que él estuviera ahí y no yo en Buenos Aires.

Nico se acomodó en el monoambiente, aunque la vida familiar se desarrollaba en la casa. Básicamente, nos dedicamos a comer y boludear, mirar la tele, cocinar y pensar en qué haríamos al día siguiente. Las compras del supermercado eran una lucha. Nosotros, con nuestro espíritu nunca previsor, comprábamos lo del día a día y Nico se indignaba por saber que al día siguiente deberíamos volver al super. Además, él estaba disfrutando de sus merecidas vacaciones y no quería acoplarse a la economía de guerra que proponíamos nosotros. Así que muchas veces él optó por comprar las Pringles y los snaks y los quesos caros y otras boludeces… y por otra parte yo tuve que ceder y autorizar la compra de bebida alcohólica en exceso (bue, un tubo de vino por noche, tampoco es que terminaban borrachos) y algún que otro lujito.

Arrancamos subiendo el cerro Otto. Como no demandaba muchísimas horas nos dimos el gusto de salir tarde. Se sabe, los preparativos no son tan rápidos ni tan sencillos y mucho menos si hay que pensar en el almuerzo. Cuando llegamos casi hasta la confitería giratoria (que venía siendo nuestro faro, nuestra meta) nos enteramos de que para llegar ahí había que pagar necesariamente un fonicular de 40 metros que valía como 90 pesos (no había alternativa para subir caminando). De más está decir, nos conformamos con ver a la confitería desde 40 metros más abajo y nos internamos en un pequeño bosque a almorzar. El calor era bastante duro y yo quería ir a la playa a refrescarnos, pero como terminamos bajando tarde (consecuencia directa de la hora a la que arrancamos), decidimos cambiar la playa por una visita a la Colonia Suiza para merendar con una torta típica.

Al otro día no nos quedó otra alternativa más que despertarnos temprano. Teníamos un plan ambicioso: ir a Villa la Angostura a hacer el circuito del bosque de arrayanes en bicicleta y después ir hasta Traful, para acampar a la orilla del lago. Preparamos los sándwiches, la ropa, el agua, la carpa y salimos! Nico se tuvo que bancar ir en la parte trasera de la rusita, que no tiene asiento y estaba llena de cosas. Llegamos a la Angostura y nos dispusimos a alquilar bicis. Nico y yo evaluamos las opciones según calidad de bici y después Alan fue a hacer lo suyo. Fue con una de esas propuestas que parecían imposibles, y como muchas otras veces, volvió con el trato cerrado. Nos querían cobrar $120 por cada bicicleta y por $250 nos llevamos las tres.

Tanto para Nico como para nosotros el bosque de arrayanes era una cuenta pendiente. Él lo había hecho caminando y desde ese momento tenía en mente hacerlo en bici. Nosotros habíamos estado en La Angostura y no habíamos tenido tiempo para ir a conocerlo. Así que nos subimos a las bicis y fuimos. Ya nos habían advertido: el primer kilómetro y medio del parque eran escaleras, así que había que cargar la bici al hombro y subir a pie. Eso fue durísimo! Durante los doce o trece kilómetros que separan la entrada del parque del bosque de arrayanes alternamos momentos de sufrimiento con otros de placer extremo. Subidas empinadas en las que me tenía que bajar de la bici (y maldecir) y tramos intensos de recorrido rápido por el bosque, esquivando raíces y personas. El premio era grande: llegamos y vimos el agua turquesa y la sombra frondosa para que almorzáramos tranquilos y contentos en la playa. Después dimos la vueltita por el bosque, que es lindo pero sin exagerar. Lo mejor, lejos, fue el recorrido.

Volvimos muertos pero no podíamos bajar el ritmo, nos esperaban 60km (25 de ripio horrible) para llegar a Villa Traful. A esta altura ya se sabe, no siempre andar en rusita es más fácil que andar en bicicleta. Nos aprovisionamos de salchichas y panes de pancho, y partimos. Llegamos al camping cerca de las 9 de la noche y nos dispusimos a estrenar la carpa nueva de Nico (como a mi me robaron la de él, el muy turrito se compró una carpa hermosa y me pasó la factura, ja!). Completamos la tarea en algunos minutos (no sin algunas dudas en el armado) y nos fuimos a bañar. La noche se veía increíblemente estrellada, pero el viento empezaba a romper un poco las pelotas. Así que hicimos los panchos adentro de la carpa (por suerte el anafe sobrevivió al vaciamiento mendocino de la rusita) y nos acostamos.

La noche no fue ideal. El viento sacudió la carpa bastante, así que dormimos intermitentemente. Nos despertamos con una llovizna molesta y vimos que el cielo estaba totalmente cubierto de nubes. Nico nos había vendido ese lugar como el paraíso mismo, pero estábamos ahí y nos sentimos estafados. Nos prometió mar caribe y nos llevó a Las Toninas! Ja! Las condiciones climáticas suelen afectar la belleza de este tipo de paisajes, así que lo perdonamos. Fuimos a recorrer un poco la costa, boludeamos haciendo juegos con las piedras y finalmente volvimos al camping. Almorzamos adentro de la carpa y levantamos campamento.

Camino a Bariloche decidimos pasar un rato por el lago Espejo Chico. Eso si fue amor a primera vista. El cielo seguía nublado, pero no importaba. Difícilmente las condiciones climáticas puedan hacer algo para que este lugar no luzca impresionante. El agua tiene un color verde esmeralda nunca antes visto y la transparencia es tan profunda que se torna inverosímil. Alan y yo estábamos hipnotizados por ese lugar (Nico ya lo conocía). Merendamos ahí y nos fuimos con la certeza de que algún día volveremos, para disfrutar el agua desde adentro!

El día siguiente arrancó con un poco de fiaca. Yo ya había arreglado que a la tarde me iba a ver con Leti, una vieja amiga de inglés que vive en Bariloche hace unos años; y los chicos no le pusieron mucha pila para arrancar a hacer nada. Así que el día transcurrió sin grandes acontecimientos.

A Leti no la veía hace más de 10 años y el reencuentro fue raro. De algún modo sentía que no la conocía, que no sabía nada de su vida y al mismo tiempo que no me hacía falta saber nada de lo que había pasado en estos últimos diez años como para saber con quién estaba hablando. Nos contamos más o menos qué habíamos hecho de nuestras vidas en la última década y nos pusimos contentas de encontrarnos. Si alguno todavía pensaba que este viaje que estamos haciendo con Alan sale de los parámetros de vida “normales”, esperen a saber algo de Leticia. Ella, licenciada en Administración de empresas de la UBA, conoció a un mendocino en un viaje a Perú y después de un tiempito de relación a distancia decidieron irse a vivir juntos a Bariloche. Ella ya era remadora de kayak y en Bariloche se dedicó a guiar travesías en kayak. Hasta ahí, se podría decir que es una mina jugada. Pero hay más! El dato clave para entender que no existe la “normalidad” es que, en los inviernos, se va a trabajar con su novio a Groenlandia. Si. Posta, Groenlandia. Busquen en el mapa por si no lo tienen muy claro. Mejor aún, busquen en el Google imágenes de Groenlandia. Es un país de hielo, un lugar donde se pueden ver las auroras boreales, donde el día es infinito en verano e inexistente en el invierno. Una locura que haya gente que quiera pasar 10 días de sus vacaciones remando entre glaciares y acampando en cualquier costa y lo más loco es que ella guíe esas travesías. Vi algunas fotos que sacó ella, no lo podía creer. Para mi el concepto “agreste” significa una cosa y para ella algo totalmente distinto, mucho más extremo. Que bueno es encontrarse con gente en el camino que se anima a estas cosas, lo disfruté mucho!

A la noche hubo asado a cargo de Nico y, como el día siguiente se presentó espectacular, decidimos ir a la playa. Mi amiga Caro nos había recomendado la de Tracul (sobre el Nahuel Huapi) y en nuestro recorrido por el circuito chico habíamos visto lo linda que era, así que ahí fuimos. Ingresamos por una entrada diferente a la vez anterior y nos encontramos con una playita chiquita y unas piedras grandes. Subimos a las piedras y ahí estaba: ese era el lugar perfecto para quedarse. Una piedra grande que se metía directamente en el lago, en donde estábamos solos y con cierta comodidad para sentarnos o acostarnos. Al ver la magnificencia del lago me acerqué con ganas de apenas tocar el agua; pero un tramo de la piedra parecía enjabonado y terminé vestida adentro del Nahuel Huapi. Por suerte no hice esa maniobra con la cámara en la mano, así que no fue grave. Nico me vino a socorrer y después de sacarme la ropa mojada decidí tirarme de una al agua. Hice tres brazadas y sentí mil puñaladas acribillándome. El frío era tan intenso que me asustaba, así que posé para la foto un segundo y volví a la piedra lo más rápido que pude. Los hombres en principio me dijeron que estaba exagerando y me tuvieron que dar la razón cuando ellos mismos se tiraron. La tarde transcurrió con una sensación rara. El sol pegaba tan fuerte y el agua se mostraba tan hermosa que el impulso era a tirarse, pero la experiencia previa demostraba que no iba a ser tan placentero como aparentaba. Coqueteamos con el agua, nos acercamos lentamente, volvíamos a la piedra a tomar calor y finalmente decidimos aventurarnos nuevamente en el agua. Con un poco de control mental pudimos bancarnos el frío un ratito y disfrutar de nadar con los ojos abiertos unos diez o quince minutos.

Como Nico no había hecho el circuito chico, volvimos a parar en el punto panorámico y decidimos que era una linda tarde para subir nuevamente al cerro Campanario, una de las mejores vistas del mundo. Subimos esforzadamente con la expectativa de consumir algo en la confitería de arriba (los chicos iban por una cerveza artesanal y a mi me hubiera encantado comerme una porción del milhojas) y en el camino alguien que bajaba nos advirtió que ya estaba cerrado. El resto de la subida fue más dura… en algo el capitalismo tiene razón: con un buen incentivo uno se esfuerza un poquito más. Pero llegamos y la vista lo pagó todo. Una tarde sin viento y un paisaje perfecto.

La rusita volvió a hacer un ruido raro en la rueda delantera. Venimos con la rueda esta mal desde Mendoza y parece que ningún mecánico lo pudo resolver definitivamente. Como en Bariloche vimos varias rusitas Alan averiguó el dato de un mecánico con conocimiento del tema y hacia allí fue la Niva. Nos quedamos a pata, así que experimentamos la maravillosa sensación de tomarnos un colectivo! Así que con los bondis nos movimos esos días. Fuimos a la playa del lago Guitierrez un domingo de sol, con una concentración de gente digna de una playa céntrica de Mar del Plata. Fuimos también a la Bahía Lopez y, aunque ahí no había nadie, nos quedamos poco tiempo porque el clima no acompañó (estuvimos cuatro horas viajando y tres en la playa, la ecuación no cerró del todo). Decidimos que el último día que Nico estaba con nosotros teníamos que ir a subir una montaña, pero nos quedamos dormidos y el plan se transformó en playa. Nos fuimos a Playa Bonita y ahí pudimos disfrutar del Nahuel Huapi a pleno. La temperatura del agua y del exterior eran perfectas para estar adentro del lago todo lo que uno quisiera, así que lo aprovechamos. Nico y Alan decidieron que era un día para no pensar en el presupuesto del viaje y acompañaron la tarde con cerveza, mojitos y finalmente otra cerveza artesanal (además de churros, plan al cual me sumé). Nico y yo, que veníamos compitiendo al truco en esos días, jugamos el último partido de su estadía para disputarnos una lata de atún y una palta madura. Perdí con un gol sobre la hora. Llegamos empatados a los 15 de las buenas y en la última mano no me tocó nada… Un revés duro para nuestra economía, pero estoy segura de que lo vamos a superar!

Nico se fue sus últimos dos días al Bolsón a ver a su gente amiga y a gastarse todo lo que no le había dejado gastar en su estadía en Bariloche. Nosotros habíamos descontrolado toda la casa y esa misma noche llegaban los dueños, así que nos dedicamos a ordenar y limpiar para devolver todo en condiciones. La batalla contra la tierra en esa casa está perdida. El viento patagónico hace volar la tierra de la calle y por más que barras incansablemente, la tierra siempre está ahí. Así que, para la hora que llegaron Mariana, Gabriel y Tomi eso ya estaba nuevamente sucio… Pero, como dicen algunos, lo que vale es la intención!

Nos mudamos nuevamente al monoambiente y decidimos irnos al día siguiente. Hicimos algunas compras, pasamos a saludar a la familia de Gabriel que nos había invitado a cenar un sábado y que fueron super hospitalarios con nosotros y ordenamos el monoambiente. Y tipo 8 de la noche arrancamos para el Bolsón. Si, arrancamos tarde en serio (por suerte acá la luz se va cerca de las 22hs)! Despedirnos de Bariloche era como volver a arrancar. Estuvimos ahí mucho tiempo, de algún modo nos hicimos una rutina, nos acostumbramos a ver por unos días las mismas caras y a disfrutar del turismo patagónico espectacular y barato! Y, sobre todo, la pasamos muy bien con la familia Eroles-Fabregas. Vamos a extrañarlos más que a la casa! Esperamos verlos pronto, en Bariloche o Buenos Aires!

Esa noche fuimos al camping/hostel donde Nico iba a pasar su última noche de vacaciones y cenamos con él. A la mañana siguiente él se fue para Buenos Aires y nosotros para Puerto Patriada, sobre el lago Epuyen. Lo lindo de ese lugar es que hay un bosque muy lindo a unos metros de la playa, así que disfrutamos de las dos cosas.
A la vuelta pasamos por el famoso Bosque Tallado, en el  cerro Piltriquitron. Un bosque en el que muchos escultores reconvirtieron árboles muertos en obras de arte. Copado. Y esa noche nos quedamos a dormir nuevamente en el gimnasio de Fernanda. El piso de goma y la colchoneta nos hacen dormir más cómodos que muchos de los lugares en donde tuvimos cama; y ni hablar de lo bien que nos recibe la dueña de casa!

Al otro día decidimos dejar la rusita en el pueblo y tomarnos en colectivo de las 8 am hacia la montaña. Desde mi humilde perspectiva creo que el Bolsón tiene dos cosas maravillosas: la feria y esa montaña. Lo copado es que hay varios refugios de montaña interconectados, entonces se pueden hacer paseos que duren un día o dormir en la montaña varias noches para ir conociendo todos los caminos. Nosotros decidimos ir hasta un refugio que se llama “El cajón del azul”. Alan y yo sabíamos que el río Isar, en Munich, era nuestro río preferido en el mundo. Pero desde hace unos días creo que lo cambié por el río Azul. Bello. Aunque debería volver pronto a Munich para volver a evaluarlo! Caminamos mucho, pasamos por unos puentes colganes que dan miedo, me metí un par de veces al río, comimos en la montaña y volvimos un poco muertos!

El lunes cerca del mediodía nos dispusimos a seguir viaje. La idea era ir rumbo al Parque Nacional Los Alerces, uno de los parque que más expectativas me generaban; pero antes queríamos pasar por el Museo Leleque. Un museo chiquito y bien armado que muestra la historia de los indios Tehuelches (pobladores de la Patagonia bastante tiempo antes de que lleguen los españoles) y de cómo fue siendo esa transición hacia la sociedad actual en esa región patagónica. Valió la pena el desvío, nos gustó mucho!

Después de varios kilómetros de ripio llegamos finalmente al PN los Alerces con la intención de acampar ahí 3 o 4 días y poder conocer todo. Ahí la chica nos dio todas las explicaciones del parque. Ya veníamos alertados con respecto a la existencia de muchos roedores por la floración masiva de caña de coihue y a las medidas de precaución que había que tomar para no contagiarse con el hantavirus, y en la entrada nos hicieron algunas aclaraciones más. Alan estaba un poco paranoico con ese tema, pero no iba a dejar que una “sensación de hantavirus” me arruinara la visita.

Llegamos a Lago Verde, un camping (adivinen sobre qué lago) muy bien puesto, con unos baños increíbles y una infraestructura muy buena. Eran las 9 de la noche y ya llovía intermitentemente. El chico de la administración nos dijo que la lluvia no iba a parar hasta el jueves, pero ya estábamos ahí. Abrimos por primera vez la carpa que nos prestaron y, con sorpresa, vimos que tenía pocas estacas y el sobretecho tenía una esquina rota. La armamos igual, suplantando las estacas con algunas ramas y esperando que no cayera mucha lluvia. Pero a la noche no dejó de llover, y así como la mayoría de los porteños tienen problemas de humedad en sus casas, nosotros tuvimos problemas de humedad en la carpa. Amanecimos con un par de charquitos adentro de la carpa y un poco fastidiosos porque eso limitaba nuestra estadía. Por otra parte, no tenía mucho sentido quedarse adentro de una carpa más de dos días esperando que parara de llover (y los dormis y hosterías adentro del parque valían una locura). Levantamos campamento como pudimos y decidimos atravesar todo el Parque e irnos a Esquel a buscar el reparo de algún techo. Después de asustarnos con las primeras consultas de hostels (en los primeros tres lugares no tenían disponibilidad de cama y en el que sí tenían valía una fortuna) encontramos al hostel “El caminante”. En apariencia bastante feo, pero funcionalmente perfecto y lo más económico de la zona.

Casi por casualidad nos enteramos de que mi tía Adri (quien nos había recibido en Roca) y Gerardo estaban de vacaciones por ahí, así que a la noche nos vimos un rato. Estuvo buenísimo para nosotros, porque ellos ya habían estado una semana en esa ciudad y en unos minutos nos dijeron todo: los precios, qué valía la pena y qué no, etc. Mi tía Adri es la mejor oficina de turismo que conozco! Lástima que sólo pueda dar info de los lugares que conoce (que por suerte son varios).

Ese martes no paró de llover y refrescó mucho. Nos despertamos el miércoles con la sorpresa de que los picos de las montañas se veían nevados. La lluvia ya no era tan intensa y por momentos paraba. Boludeando en un negocio del centro nos enteramos por casualidad de que se podía ir a ver la nieve, arriba en el centro de ski. Alan no la conocía así que ni lo dudamos. Fuimos hasta la base del centro de ski dispuestos a pagar la tarifa de la aerosilla. Pero cuando llegamos y vimos que el tramo que cubría era relativamente corto y que se podía hacer caminando, nos mandamos a subir a pata.

Ya en el camino se veían manchones de nieve, pero cuando llegamos arriba lo disfrutamos muchisimo. Jugamos un poco (Alan fabricó unos proyectiles de una dureza peligrosa) y nos metimos en la confitería. Cuando entrábamos en calor volvíamos a salir para volver a jugar. Hermoso. Nosotros, que unos tres días antes habíamos estado metidos en el río azul, estábamos ahora jugando con la nieve… Como si nos hubiésemos tomado un avión a un destino muy lejano en lugar de haber andado un par de horas en la rusita.

Para premiar nuestro esfuerzo por la subida decidimos ir a la localidad vecina de Trevelin a tomar un té galés, pero antes pasamos por la estación de la famosa Trochita. Si bien hay una locomotora que lleva vagones de carga que está parada ahí en la estación, tuvimos la suerte de ver llegar a la otra locomotora. Nos encantó! Recorrimos también el pequeño museo y nos sacamos muchas fotos. Obvio, no hicimos el paseo en el tren porque la partida presupuestaria no daba para tanto.

El jueves, como decía el pronóstico, dejó de llover. Así que cargamos nuevamente todo y volvimos al Parque Nacional. Fuimos al puerto a contratar la excursión lacustre (salía un huevo, pero tenía tantas ganas de conocer todo que estaba dispuesta a pagarlo) y nos instalamos en uno de los campings habilitados. Cuando fuimos al centro de informes a preguntar por los senderos nos informaron que el último que quedaba abierto de los cerros más altos lo habían cerrado ese mismo día. Nos mostró el telegrama del guardaparque que decía que había muchísimos roedores y que se cerraba hasta nuevo aviso. Ese era un trekking de todo el día que teníamos muchas ganas de hacer, pero todavía quedaban otros senderos. A la tardecita nos llamaron del puerto para avisarnos que la excursión lacustre no se iba a hacer porque habían encontrado roedores en donde antes no había y tenían que clausurar todo. Un ratito más tarde vino el administrador del camping a comentarnos que había una disposición de que, a partir del día siguiente, no se iba a poder acampar más en todo el parque. Buuuuu! Tenía muchas ganas de conocer el Parque, de hecho habíamos estado dando vueltas desde el lunes esperando que mejorara el clima. Me bajoneó un poco, pero tengo una linda excusa para volver. Esperemos que la próxima vez los únicos ratones en el parque seamos nosotros!

Cerro Challhuaco. Hermosos bosques y flores!

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Estos líquenes crecen sobre los árboles y plantas únicamente en ámbitos donde no hay contaminación. Muy lindo poder pasear por lugares donde todavía no llegó la contaminación!

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Entre flores amancay

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Llegamos al mirador de la laguna verde

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Circuito chico. Primera parada: Colonia Suiza

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Siempre que vemos gente copada viajando por el mundo nos ponemos contentos!

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Artistas callejeros para ponerle un poco de onda al domingo: música y malabares

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Segunda parada: playa Tracul

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El arrayan y yo

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Después, al Llao Llao. La rusita se siente bastante cómoda en estos espacios de gente bien! Es que le gusta ser única!

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Linda vista y parquizado tiene el hotelito este

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LLegó Nico! Primer día: cerro Otto

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Almuerzo en el bosque

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No hubo fotos del reencuentro con Leti, pero le robe un par de facebook para que la conocieran!

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Bosque de arrayanes: día de bici

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Miradores en el camino

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Si, somos hermanos, la ridiculez está en nuestro ADN (y conste que hubo que censurar una foto porque no daba para hacerla pública)

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Llegamos al final del recorrido, primero almuerzo en la playa y después recorrido por el bosque

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Alan fue el encargado de ir a buscar el agua al lago para la vuelta

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Fuimos a Villa Traful a acampar. Estrenamos la carpa de Nico y aunque el día amanezaba con mejorar, se mantuvo nublado

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La fauna del lugar

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Llegamos a Espejo Chico

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El asador lucha cuerpo a cuerpo con Nupi para mantener la carne a salvo

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Día de pleno sol y calor: a disfrutar de la playa Tracul

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Si hay parálisis corporal a causa del frío, que no se note!

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Punto panorámico

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Subimos al Campanario por segunda vez para poder disfrutar de la hermosa vista (las fotos de la primera no se publicaron porque el dia estaba nublado y había exceso de viento)

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Paseo en el lago Gutierrez. Caminata para llegar a la (pedorra) cascada de los duendes. Acá, Nico intenta seducir a una señora mientras le saca una foto! ja

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Alta concentración de gente: una playa Nac&Pop

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Nos fuimos a Bahia Lopez. El clima no ayudó, pero igual intentamos meternos al agua

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El hotel de Luz y Fuerza, con una ubicación perfecta!

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Con mi cámara y con su facha, hacemos descontrol! El pibe es un galán. Interesadas comunicarse por mensaje privado.

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Ultimo día de Nico: playa bonita

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Nos fuimos “a lo hondo”

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Los hombres escaviaron un poco en la playa

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Anochece en Bariloche ante la atenta mirada de Nupi

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Esta foto es especialmente para Ada, para que vea el estado en el que puede terminar su bulin si lo presta a gente desordenada como nosotros!!

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Puerto Patriada, costa del Lago Epuyen (y su bosque)

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Si la vida me encuentra haciendo la plancha, que sea en el lago Epuyen!

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Subimos al cerro Piltriquitron para conocer el Bosque Tallado. Eran supuestamente 1000 metros, pero muuuuy empinados (parecían mucho más). Unos minutos antes de llegar, aparecía este cartel, al cual le desconfiaba!

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Quería conocer el título de esta obra porque me intrigaba saber de qué había querido hablar el autor con esto… la placa decía “obra sin título”, me quede con la duda…

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Caminata de montaña hasta el refugio “cajón del azul”. Primer desafío: cruzar dos puentes, uno más inestable que el otro. Me cague toda!

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Alan tomando agua del río azul. Va a ser difícil volver a tomar agua de la canilla en nuestro depto de Caballito!

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Se los presento: mi nuevo río preferido en el mundo, el río azul!

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En esta parte está encajonado

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Llegamos al refugio, almuerzo!

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Seguimos caminando un poco más para buscar el lugar donde el río empezaba a encajonarse.

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Es acá!

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Ya me había congelado en la otra playita, pero valía la pena volver a hacerlo!

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Camino a Esquel: museo Leleque

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Adentro no dejaban sacar fotos, así que sacamos afuera y en el bar!

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Lluvia abajo, nieve en la montaña: a jugar!

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Alan, con el cartel de “pistero”

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En la estación de la famosa trochita

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En el museo, el viejo boletero

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Nos fuimos a Trevelin a tomar el te gales

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Nos despedíamos de Esquel para ir a disfrutar del Parque Nacional Los Alerces, sin suponer que al día siguiente estaríamos ahí nuevamente

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Fuimos a la hosteria Futalafquen para comprar el paseito en barco que no pudimos hacer

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Lago Futalaufquen

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En el camping todavía quedaban rastros de la lluvia de los días anteriores

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Nuestra carpa dentro del cerco de seguridad para evitar que las ratas se acerquen a la carpa

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Desayunando con linda vista antes de irnos del parque… volveremos!

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Nos fuimos a Trevelin nuevamente para conocer el museo de la ciudad, muy lindo!

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Antes de internet, esto servía para comunicarse

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Lo quiero ver a mi amigo el Colo a ver si se la banca con estos esquies de madera que pesan una tonelada!

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Diciembre, que raro fuiste

Ya se. Se supone que este es un blog del viaje, y que en ese sentido lo que debería plasmar en estas líneas son las crónicas de nuestro recorrido. Pero, como la vida pasa mientras nosotros viajamos, valen también estas líneas. Como advertí en el primer post, escribir me sirve a mí para ordenar el pensamiento, de modo que me voy a dar el lujo de ocupar este espacio virtual con algo más que crónicas.

El viaje de Santiago de Chile a San Rafael (Mendoza) se hizo largo, pero finalmente llegamos. Nos instalamos en un hostel con excelente relación calidad-precio y al otro día nos fuimos para el lado de Valle Grande. Camino al embalse pasamos por el camping Ayun Elum y le pedí a Alan que entremos. Hace 11 años había estado ahí con mi amiga Lucre y quería volver. En ese entonces teníamos 18 años y nos fuimos, sin ningún tipo de experiencia campamentística, a un camping en San Rafael. Fue la primera vez que sentí que estaba haciendo un viaje con un poco de aventura (por el lugar a donde fuimos, la poca plata que teníamos, las cosas que hicimos) y creo que de algún modo aquel viaje y éste se unen de un modo muy profundo. Creo que en aquel momento se despertó en mí el placer por lo imprevisible y la falta de excesiva prudencia. Y me parece que así estamos guiando un poco este viaje: sin mucha previsión ni prudencia (de lo segundo Alan tiene un poco más que yo). De más está decir que eso no implica falta de responsabilidad o mucha locura. Simplemente es dejarse llevar…

Después de recorrer con nostalgia el camping, nos fuimos a comer a orillas del río Atuel. Yo tenía ganas de meterme al río, pero además de lo fresco que estaba me daba cagazo la corriente que había. Así que simplemente comimos disfrutando de ver correr el agua, que tenía un color increíble. Cuando vimos que se venía la tormenta, guardamos todo en la rusita y volvimos al hostel. Fue tarde de siesta!

Ya teníamos que ir emprendiendo viaje más al sur. Era jueves y ese fin de semana llegaban mis viejos a General Roca para compartir unos días con nosotros en la casa de mi tía Adri. El trayecto San Rafael-Roca era demasiado largo para hacerlo en un día, de modo que arrancamos con la idea de parar cuando estuviéramos cansados. Ese día fue larguísimo. El calor  era muy duro y el sol mendocino no aflojaba. Ya cerca de la nochecita llegamos a Catriel y decidimos parar a dormir ahí. Cada vez que entrábamos a preguntar a un hotelito volvíamos con una decepción más grande. La noche anterior habíamos dormido por $150 en una habitación privada en un hostel lindo y con pileta, y acá nos querían cobrar $300 por el lugar más horrible. ¿Qué hacemos? La llamamos a mi tía Adri, que nos esperaba el viernes, para ver si podíamos caerle esa misma noche a cualquier hora. Nos faltaban aproximadamente 200 kilómetros y ya eran las 9 de la noche. La tía nos dijo que podíamos ir! Que bueno! Alan había manejado mucho, así que cambiamos el mando y seguimos rumbo.
Llegamos! ¿Qué puede ser más reconfortante después de un viaje de 12hs con intenso calor que abrazar a alguien que queres mucho y extrañas? Nada! Subimos las cosas y vimos que la tía, aun con nuestro aviso tardío, había resuelto recibirnos de lujo. Nos esperaban unas milanesas napolitanas con fritas, toallas limpias y una habitación preparada para nosotros.

Mi tía y mi mamá son grandes amigas pero, a juzgar por sus parecidos en cuanto a personalidad, se podría decir que son hermanas de distintos padres. Las dos profesoras de química, grandes docentes, obsesivas, ordenadas, perseverantes, responsables. A las dos les encanta planificar viajes y luego concretarlos, aprender cosas nuevas, charlar y charlar. Será por ese gran parecido que, aun habiendo tenido siempre a mi tía a más de 1000 kilómetros de distancia, siempre fue una persona que sentí muy cerca.

El sábado llegaron mis viejos y compartimos tres días a puro morfi y calor en General Roca. No quiero comparar la insufrible ola de calor que tuvieron en Buenos Aires hacia fin de año con lo que vivimos nosotros esos días, pero realmente no esperábamos tanta temperatura. Lo resolvimos refugiándonos en el aire acondicionado y con algunas horas de río.

La visita de mis papás me resultó corta. No alcanzaron tres días para recuperar todos los encuentros semanales que nos perdimos! Teníamos ganas de boludear, de hablar de cosas importantes nuestras y de la vida, profundizar en cosas que pasaron en el viaje, cosas que pasaron en Buenos Aires sin dejar de mechar comentarios futboleros y otras yerbas… Pero bueno, todo no se puede. Alguien tiene que trabajar para mantener la dignidad de esta familia (aunque empiezo a dudar de la frase “el trabajo dignifica”), así que mientras nosotros nos quedamos disfrutando de Roca, ellos se volvieron a la rutina bonaerense.

Aun sin haber conocido exhaustivamente la ciudad (por el tema del calor), Alan y yo decidimos que General Roca entra en el top 3 de las mejores ciudades para vivir en Argentina (de las que conocemos). Desde ya, este ranking se arma teniendo en cuenta las cosas que los porteños suelen odiar de Buenos Aires. Roca tiene el tamaño perfecto de ciudad, como para llegar a cualquier lado en menos de 15/20 minutos. La ciudad es bastante ordenada y limpia, tiene suficiente oferta de bienes y servicios y una oferta cultural que supera ampliamente la de la mayoría de las ciudades del mismo tamaño. Además, está a apenas 50 kilómetros de Neuquen, una de las grandes ciudades del país. De modo que a falta de una segunda opinión médica, un producto muy específico o una sala de cine; se puede concurrir a la ciudad vecina. El pasaje aereo desde Buenos Aires sale relativamente barato, y está en la puerta de la Patagonia. Si en Capital Federal nos ponemos contentos porque hacemos una escapada a la costa para renovar el aire, desde Roca haciendo menos de 500km se accede a lugares tan increíbles como San Martin de los Andes, Villa La Angostura, Bariloche y cientos de lagos y bosques maravillosos (más que suficientes como para renovar el aire). Además, tiene ríos cerca para ir a disfrutar del verano y se puede optar por vivir en una chacra sin estar muy lejos del centro. Como si todo esto fuera poco, no se imaginan lo rápido que se seca la ropa! Saqué un toallón del lavarropas a las 6 de la tarde y a las 10 de la noche estaba completamente seco. Parece una boludez, pero no es un dato menor! Yo, por mi parte, seguiré amando a Buenos Aires… pero les dejo el dato para los que no disfrutan como yo de esa ciudad y están buscando hacer un cambio de vida.

Después de descontrolarle la casa a la tía por una semana, vaciarle la heladera (que espectaculares que estaban los brownies, cada día le salen mejor) y alterarle su rutina, partimos rumbo a Bariloche. En el camino, pasamos por Cipolletti a buscar una carpa. Sería injusto decir que nos ayudaron un montón cuando nos vaciaron la rusita, porque muchos contribuyeron mucho a nuestro viaje desde el primer momento! Pero después de lo que pasó en Mendoza todos salieron nuevamente al rescate de estos dos ratones, prestándonos cosas que nos iban a hacer falta para lo que quedaba. Entre ellos, recibimos el generoso préstamo de una carpa, cuya gestión demandó la ocupación de al menos tres personas (una persona la prestó, la otra hizo de intermediario, y finalmente otra la trajo hasta el sur). Cuando pasan estas cosas me siento muy querida y, más allá de lo bueno que es para nosotros tener una carpa en esta etapa del viaje, me hace bien al corazón! Gracias por los préstamos, la preocupación, la onda que le ponen a mi vida!

En Bariloche siguieron los éxitos. La familia Eroles, que ya había contribuido enormemente en nuestra estadía en Santiago de Chile, aportó su casa en Bariloche para que pudiéramos parar. Ada, de quien ya hablé en mi post anterior, tiene otra hija en Bariloche. No sólo tiene una hija, sino que tiene un departamentito independiente de la casa de su hija, en el que nos instalamos definitivamente. Está completamente equipado (hasta condimentos ricos para cocinar tiene) y una vista en la que se aprecian atardeceres bellisimos con el Nahuel Huapi de fondo. Como dice Ada, es sencilla y está en un barrio popular, pero qué mejor que eso para sentirnos como en casa. La rusita está en familia, todos los autos de la cuadra son de la misma edad!

Ahora bien, decir que lo que aporta en Bariloche la familia Eroles es solamente una vivienda, sería mentir. Nos encontramos con la comodidad absoluta de tener un departamento, pero además la gracia de tener a 5 metros la casa de una familia espectacular! En unos días sumamos amigos y hasta sobrinos!

Antes de que llegáramos Mariana (la dueña de casa) me advirtió en que ellos eran muy diferentes a su familia chilena. Y así fue! Por empezar, hay que tener en cuenta las diferencias básicas que hacen a una familia “tradicional” (como son los Eroles-Escanilla en Chile) de una familia “ensamblada” (los Eroles-Fabregas de Bariloche). Mariana tiene un nene (el divertidísimo Tomi) y  Gabriel una nena (la bella Abril). Entre los 4 arman un despelote de idas y venidas dignas de una comedia de enredos. Cabe aclarar que nosotros encima caímos en época de fiestas, con lo cuál nunca sabíamos con quién nos íbamos a encontrar en esta casa (bueno, los adultos viven siempre acá, pero los chicos iban y venían de esta casa a la de sus otros padres). Organizar cosas puede parecer mucho más complejo, pero es a la vez más simple porque las estructuras son un poco más flexibles que en otros casos. Bueno, no quiero generalizar y decir que todas las familias ensambladas son así, pero esta sí!

Mariana nos quería invitar a cenar el lunes, porque quería ordenar y limpiar la casa para mostrarla. Pero nosotros, que estamos muy bien acostumbrados a vivir en el desorden, disfrutamos de la dinámica relajada y espontánea. Así que el domingo Alan se fue a jugar al futbol con Gabriel y cuando volvieron (sin hacer caso a Mariana que pretendía ordenar antes de invitarnos), pedimos una pizza y comimos con la mano! Eso si, el lunes, ya con la casa ordenada, volvimos a comer una riquísima picada con la familia completa.

Ellos nos invitaron a pasar con unos amigos la Navidad a Lago Puelo, que es una localidad que queda a unos 140km de Bariloche; y obviamente aceptamos gustosos! Salimos a la mañana y nos juntamos en la feria del Bolsón para un breve recorrido y una parada gastronómica. Ahí ya nos encontramos con el resto de la tropa y, luego de presentaciones varias, almorzamos con risas y buena onda. Éramos 6 adultos y 4 niños.

Después de almorzar nos fuimos para Lago Puelo y, unos minutos después de haber tirado todo en la casa, nos fuimos al río azul, que estaba a 50 metros de la casa. Mucho sol y calor en la previa al festejo, que fue perfecto para disfrutar del río. Obviamente, te das cuenta que estás viejo cuando ves a los chicos en el agua y preferís quedarte debajo de la sombrita que da el arbusto. Confirmado: estoy vieja!

Ya a la tardecita volvimos y empezamos a preparar la cena navideña. Alan se ocupó del asado (cada uno llevaba carne proporcional a su consumo, así que había un poco de todo), mientras yo perdía en 4 ocasiones consecutivas a la “casita robada” con los chicos. Papelón. Y después de comer jugamos al bingo para que los niños no estuvieran tan ansiosos y finalmente a la medianoche llegó Papá Noel. La excitación de los chicos en ese momento es lo más! Tomi gritaba cada vez que abría un regalo como si Argentina hubiera metido un gol en el mundial. Una potencia y una excitación maravillosa! Todos felices y contentos con sus regalos, nos fuimos a dormir.

Por una cuestión logística que no llegamos a comprender, tuvimos la suerte de que nos toque la habitación principal de la casa! Así que dormimos en cama matrimonial y sin niños! El día de Navidad refrescó un poco, así que la jornada de río fue menos extensa y por la tarde volvimos a Bariloche.

Fue una experiencia de Navidad tan distinta, que siento que el 2013 no tuvo Navidad, fue como otra fiesta. Me faltó el vitel toné de mi mamá (irremplazable), la charla a los gritos con mis hermanos, el brindis con mis abuelas… Hubo sin embargo, una celebración muy linda, con gente copada y con los chicos que le aportan su magia a esa fecha. Después de 29 años celebrando la Navidad con estrictos rituales joaquinescos, no es tan sencillo cambiar como si nada el entorno.

Y cuando todo parecía que diciembre era el mes para cerrar un año maravilloso, lleno de momentos de aprendizaje y disfrute, lleno de experiencias y lleno de vida… vino la muerte a destrozarme en mil pedazos. El jueves 26 por la noche (cerca de la 1 de la mañana del viernes) recibí una llamada con una noticia que no estaba lista para soportar: hacía unas horas había fallecido mi tío Gabriel Nápole. Lloré. Grité. Maldije. Me sentí morir. Mi tío, que tenía apenas 54 años, no estaba más en este mundo. No lo podía creer. Dudé en ir a Buenos Aires, pero allá nadie me necesitaba (iban a ser muchos quienes fueran a ese velatorio) y yo no estaba segura de que nada en este mundo pudiera aliviar tanto dolor.

Me dormí después de llorar incansablemente por más de dos horas. No podía respirar. Alan me sostenía como podía, con su propio dolor a cuestas (él también lo quería mucho). Cuando me desperté, por un segundo, tuve la ilusión de que todo haya sido una gran pesadilla. Pero lo vi a Alan y vi los pañuelos de papel tirados por todos lados y me di cuenta de que era verdad. Y volví a llorar, a gritar, a maldecir. No lo entendía (y no creo que nunca lo entienda).

Explayarme con el curriculum de mi tío no tiene sentido ahora. Sólo voy a decir que era un gran hombre, un cura de esos que te hacían creer que la iglesia como institución todavía tiene gente valiosa. Un bostero sin remedio, un amigo fiel, un obsesivo del orden, un gran docente. Mi tío era un ciudadano del mundo, a donde lo necesitaran él iba; y por eso vivió en Chile, Uruguay, Francia y Jerusalem. Un estudioso de la biblia, un peronista de los que piensan, un asador impecable y una sonrisa gigante. Todo eso era mi tío, y mucho más. Él era un tipo muy necesario para el mundo, de esos que son queridos por muchos por todo lo que dan. Un tipo que construía siempre desde el amor y la responsabilidad. Así lo demostró su velatorio y la misa de su despedida, a la que asistieron cientos de personas. Pero cuando no podía parar de llorar, sinceramente, en todo lo que pude pensar es en lo que perdía yo como sobrina. Cuántas explicaciones me van a faltar, cuántas chicanas futboleras, cuántas risas, cuántos abrazos. No hay consuelo para todo eso.

Me quedan los recuerdos, muchos más de los que pensé que tenía. Muchas vacaciones compartidas con él, muchos juegos, muchas clases de medio oriente, muchas charlas, muchos consejos. Y el último abrazo, que fue de despedida; en el que prometimos rezar el uno por el otro hasta tanto volvamos a encontrarnos. Ojalá que nuestra religión tenga razón, ojalá que algún día me pueda volver a encontrar con él.

Y pensar en él y en todo lo que vivimos juntos me hizo pensar en la invisible importancia de los tíos. Yo se que en la mayoría de las familias, los tíos son simplemente los hermanos de los padres. Por suerte, en la mía no. Mis tíos son las personas que eligieron mis viejos para acompañarme en la vida y que le han sumado un valor incalculable a mi existencia. Son esas personas que, aunque tengan la edad de tus viejos, son más cercanos, porque siempre están dispuestos a jugar, a charlar, a enseñarte. Son como el complemento perfecto de tus papás, porque tienen valores parecidos pero con ellos podes charlar otras cosas y tener otras miradas de la vida. Mi tío Gaby fue un gran tío. Perderlo me hizo poner en perspectiva lo importante de esta tarea de ser tío, que hoy me toca de cerca por tener la gracia de tener varios sobrinos. Ojalá pueda ser para ellos la mitad de importante que fue mi tío Gaby para mi.

El final de diciembre fue muy duro. Pasamos algunos días sin poder salir de la cama, sin poder pensar en otra cosa más que en mi tío, sin comer más que galletitas. Por suerte vino al rescate otro tío, mi tío Marcelo con María. Ellos nos acompañaron a subir al cerro López para gratificarnos un poco con la magnificencia de la naturaleza y unos días más tarde nos invitaron a pasar con ellos el año nuevo. Nos mimaron todo lo que pudieron y, aunque no alcanzó para tapar la pena, nos hizo muy bien.

Fue un fin de año rarísimo. Con muchas cosas para celebrar, para agradecer, para pensar y con un gran dolor en el corazón. Se que el recuerdo de mi tío Gaby me va a ayudar a ser mejor persona, ojalá así sea.

SAN RAFAEL

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En esta casita dormimos con Lucre hace 12 años!

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El río Atuel, hermoso

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Cañon del Atuel

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La rusita sigue conociendo lugares hermosos

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Almuerzo en la costa del río

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Los que son menos ratones que nosotros hicieron rafting

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GENERAL ROCA

El cielo camino a Roca, una belleza

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El “obelisco” de Roca. En el valle producen las mejores manzanas del país, por eso es su símbolo.

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Mi tía y mi mamá!

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Mi tía vive en un tercer piso en el centro de Roca, pero igual es todo tan bajo que tiene una vista abiertaIMG_0378

Una tarde, después de que aflojó un poco el calor, fui a caminar con mamá y papá por el canal grande. Muy lindo paseo

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Casi luna llena

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Un graffiti que me encantó. “Todo lo que necesitás es menos”. Un gran aprendizaje de este viaje.

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En la plaza había una orquesta tocando

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El sábado a la noche nos invitaron a cenar a la casa de Susy y Gisi. Viven en una chacra hermosa, a 15 minutos del centro. La pasamos bárbaro!

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Espectacular!

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Susy, ¿para dónde estás mirando?

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Susy y Gisi son dos genias con las manos, hacen todo tipo de artesanías

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Disfrutando del río

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La última noche fuimos a comer unas empanadas!

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BARILOCHE

Esta es la vista desde el departamentito que nos prestaron

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Los cables afean un poco la vista, pero igual los atardeceres son muy lindos

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Centro cívico

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Preparándose para la Navidad

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Con el Nahuel Huapi de fondo

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La playa del centro

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Grisu, recuerdos del viaje de egresados

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Noche Buena en Lago Puelo

Paramos en la feria del Bolson para almorzar

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Mariana y Tomy

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Pulmy y Malen

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Un poco de descontrol

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Abril

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Disfrutando del río

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Encontramos un tronco perfecto para jugar en el agua

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Mariana y Gaby

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Analía y Marian

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Alan analiza la temperatura del agua antes de entrar

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Buscando un poco de sombrita

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Mesa navideña casi lista!

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Preparando todo


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Perdiendo a las cartas con los chicos

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El asador haciendo su trabajo

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Los chicos se cambiaron para la cena, nosotros no!

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Charlando

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Jugamos al Bingo para matar el tiempo

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Alan se concentró, pero no ganó!

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El celu de Ana funcionaba como la hora oficial. Todos los niños atentos a la llegada de la Navidad

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Brindis!

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Papelitos

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A repartir los regalos! Emoción generalizada!

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Refrescó bastante, a seguir jugando adentro!

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Tomi felíz con el regalo que le trajo Papá Noel

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El 25 refrescó un poco, fuimos a pasear a Lago Puelo

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Ascenso al Cerro Lopez con María y Marcelo

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Hicimos algunas paradas estratégicas para sacar fotos y RESPIRAR!

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En algunos lugares todavía quedaban pedacitos de nieve

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Llegamos!!! Y sacamos los sandwiches de milanesa, atun y palta para almorzar con una vista maravillosa.

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Cerro Campanario

Increible vista a pesar del día (cuando se largó a llover tuvimos que meternos en la confitería y comer una torta!)

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El viento patagónico haciendo lo suyo

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Que lindo ver la bandera argentina flameando en lugares tan hermosos

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Una buena advertencia para los padres que dejan que sus hijos descontrolen todo en la cafetería

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Año nuevo en El Bolsón

Fernanda, la hermana de María,  es profesora de artes marciales y medicina china. Aprendimos un poco de defensa personal, algo de elongación y finalmente Tai Chi (va, creo que se llama así)

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Mirador del Azul – en un ratito que mejoró el clima fuimos a un lugar con una vista muy linda

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Camino a una cascada (no recuerdo el nombre)

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Alan recibió una sesión de acupuntura para ver si podía mejorar su dolor de espalda.

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Recibimos el año con una gran picada y bastante bebida alcoholica a la luz de las velas y las lámparas de sal

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MI TÍO GABY y nosotros

Con mis viejos, hace muuuuchos años

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Casamiento de Flor y Tony, y bautismo de Bauti

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Bautismo de Santi

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Casamiento de mis viejos

BODA FER Y WALTER 1981

Bailando con su ahijada

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Bodas de plata de mis viejos

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Típica escena de vacaciones, disfrutando una birrita bien fría

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En las playas de Brasil

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Descansando un poco con papá!

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En Villa General Belgrano

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En Carlos Paz, unas vacaciones muy lúdicas!

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CUMPLE GABRIEL TORRES 2002 1 SE

Con mi padri, el tío Fer y mis viejos. Reuniones que siempre dejaban algún aprendizaje

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Descorchando!

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En el cumple de 50 del tío Gaby!

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Con el tío Fer, gran amigo

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Jugando al famoso “escorpión”. Juego que nació en esas vacaciones y en el cual él era una parte fundamental, el encargado de tirar la pelota para que alguien intentara conectarla con sus talones.

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Asadito en el convento

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En Sierra de los Padres, siempre con el mate acompañando (antes de que existiera la pava eléctrica, él sabía apagar el agua justo a los 82 grados!)

SIERRA DE LOS PADRES 2009

En Santa Clara, dandonos duro con unas tortas increibles

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Alan y yo vs papá y el tío. Ganamos por el estado físico, pero ellos eran un gran equipo!

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A refrescarse después del picadito

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Siempre hay tiempo para la risa!

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Los tres mosqueteros! Probablemente los tres hombres más importantes de mi infancia/juventud

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CHI-CHI-CHI, LE-LE-LE, VIVA CHILE!

El fin de semana de mi cumple hablamos con Alan la posibilidad de ir unos días a conocer Santiago de Chile. Teníamos ahí una familia que nos podía recibir y no queríamos desaprovechar la oportunidad. Teniendo en cuenta el alto costo de la nafta y los peajes en el país vecino barajamos por un momento la posibilidad de dejar a la rusita en suelo argentino e irnos en micro. Pero de camino estaba el Puente del Inca, lugar que yo no me quería perder, y ahí sólo paran los micros que hacen excursiones, no los de larga distancia. Hicimos algunas averiguaciones con respecto a cómo estaba la ruta y hasta qué altura íbamos a tener que llevar la rusita y decidimos avanzar con ese plan. La idea era irnos el jueves.
El miércoles a la mañana nos levantamos con dos noticias que cambiaban un poco nuestros planes: el recargo por compras en el exterior había aumentado a 35% y el vaciamiento de la rusita. Lo volvimos a charlar y decidimos mandarnos de todos modos. El miércoles lo disfrutamos igual, fuimos a recorrer en bici la ruta del vino. Fue en ese preciso momento en el que me di cuenta de que Mendoza había sido tomado por gringos. Llegamos a la bodega Di Tomasso y, al preguntar por la visita guiada, nos dijeron que nos unamos a la que estaba empezando (en inglés). Cuando le dijimos que preferíamos esperar a alguna visita que hicieran en español nos dijeron: “¿pero no saben inglés?”. Finalmente la guía terminó dándola en inglés y español (en nuestro idioma decía la mitad de las cosas que en inglés) y para la degustación no hicieron falta palabras! Yo siempre en esa parte me quedo medio afuera porque no me gusta el vino, pero el resto de la visita fue interesante. Éramos 20 personas en la visita: 18 gringos y nosotros. El dueño del hostel también nos comentó que el turismo internacional es lo que predomina en esa ciudad: por año recibe un 5% de turismo local. Mendoza es una provincia muy linda, pero debe haber mucho de promoción para que vaya ahí y no a otros lados.
Esa tarde, cuando volvíamos, fuimos a hacerle alineación y balanceo a la camioneta para salir con todo en óptimas condiciones y nos enteramos de que había una rueda que andaba floja. Así que el jueves fue día de taller y postergamos el viaje para el viernes.
Arrancamos cerca del mediodía (por no decir “arrancamos tarde”) y disfrutamos el camino. Paramos en un puestito al lado de la ruta cerca de Potrerillos y seguimos viaje. Las montañas, aún estando muy lejos, se mostraban imponentes. Pasamos por el Puente del Inca, nos reimos de la cantidad de souvenirs bizarros que venden y disfrutamos el paisaje. Nos faltaba un poco el background histórico del lugar, pero nada que Google no pudiera solucionar unas horas más tarde.
A medida que nos acercábamos a la frontera con Chile las montañas eran más espectaculares y a pesar del sol intenso, los picos seguían nevados. Muchas vertientes de agua cristalina bajaban con fuerza por las laderas y daban ganas de arrimarse y probarla.
Hicimos los trámites migratorios como correspondía (la experiencia paraguaya nos enseñó que para cruzar las fronteras hay que hacer algo de papeleo) y seguimos viaje. Anduvimos un rato más y cuando ya se estaba haciendo de noche nos acercamos a Santiago. No teníamos mapas ni GPS, la única referencia que teníamos era lo que nos habíamos fijado en google maps. Claro que cuando uno está sentado en la compu y ve ese planito, parece bastante fácil. Y probablemente lo sea para el resto de los mortales, no para nosotros.
Estábamos perdidos entre autopistas y grandes centros comerciales. En ese punto nos sentíamos un poco en EEUU. La falta de orientación y el sistema de autopistas nos costó un peaje de más (de como $40). Por suerte finalmente nos metimos en un restaurant muy grande que había al lado de la autopista y un mozo muy amable nos explicó muy bien cómo llegar. Inclusive nos prestó su celular para llamar a la casa a la que íbamos. Ese fue el primer contacto con un chileno y, a decir verdad, nos sorprendió. Entrábamos a ese país con algunas malas experiencias de gente conocida y varios comentarios de mendocinos que nos dijeron: “en Chile no nos quieren”. Veníamos hablando en el camino y teníamos la sensación que, de todos los países latinoamericanos, Chile era por el que sentíamos menos cariño. Pero absolutamente TODAS las personas con las que tratamos en la calle nos atendieron excepcionalmente bien, siempre intentando ayudarnos, super amables! Creo que después de semejante trato no podríamos decir que tenemos antipatía con los chilenos. Supongo que uno no puede querer lo que no conoce.
Íbamos a la casa de Daniela Eroles y su familia. Daniela es hija de dos personas fuera de serie: Ada y Carlos. Ada es la señora de 70 años más piola que conozco, una mina muy inteligente, muy divertida, muy independiente. Genia de la vida. Y Carlos, que falleció hace 4 años, era la persona más brillante que yo conocí en mi vida. Me acuerdo cuánto lloré el día de su velatorio, no tanto porque hubiera tenido un vínculo muy cercano, pero si por saber que el mundo estaba perdiendo a un  hombre como él. Un luchador incansable de los derechos humanos, un tipo lúcido para pensar las cuestiones de niñez y familia, un docente excepcional y un gran tipo.  En fin, teniendo estos dos padres, era difícil que Daniela no fuera la persona que es.
Llegamos y nos recibieron sus tres hijos: Nacho (11), Magda (14) y Paz (17). Pero un ratito después llegaron Dani y Miguel, su marido. Desde ese momento, y hasta que nos despedimos, nos sentimos espectacular en esa casa. Nos recibieron con unos sándwiches riquísimos, mucha charla interesante y se sumaron a la mesa dos amigos de ellos que nos hicieron sentir muy bienvenidos al país.
Lo que siguió durante los próximos tres días fue un poco de turismo europeo en suelo latinoamericano. Nos íbamos temprano (bue, menos el primer día que dormimos bastante) y volvíamos a la noche. Esos tres días la rusita estuvo parada en la puerta de la casa y nosotros caminamos y caminamos. Santiago es más chico que Buenos Aires, pero aun así tiene muchísimas cosas lindas e interesantes para ofrecer. Fuimos al “lado B” de la ciudad y nos metimos en lo que sería como el Mercado Central de Buenos Aires para disfrutar morfi abundante y económico. Paseamos por el centro, lleno de peatonales y de gente! Mucha venta ambulante (tipo manteros), muchos artistas callejeros y muchisimoas centros comerciales. Esto de andar en ciudades no tan grandes nos hizo olvidar la locura pre navideña que se vive en diciembre. Hicimos una visita guiada en el Cerro Santa Lucia (muy bello) ofrecido por la municipalidad, visitamos el Museo histórico Nacional, vimos de afuera la Casa de la Moneda, entramos en la impresionante Catedral, dimos una vueltita por el Museo de Arte Contemporaneo Gabriela Mistral y nos emocionamos mucho en el Museo de la Memoria. Nos quedamos solamente con las ganas de ir a visitar la casa de Pablo Neruda que está en la playa, pero cuando fuimos a sacar pasaje nos dijeron que los domingos había mucha demanda y no podían comprometerse a tener boleto de vuelta. Así que la playa quedará para otro momento.
Párrafo aparte merece el Museo de la Memoria. Estuvimos un poco más de dos horas, pero podríamos haber estado cien. La cantidad de material que tiene (periodístico, audiovisual, gráfico, documental, etc) es impresionante y está realmente muy bien presentado. En la parte de afuera están mencionados los hechos más significativos de todas las dictaduras latinoamericanas y el museo dispara recorridos en distintas líneas: las historias de las personas desparecidas, el aspecto económico del golpe, el ámbito cultural y el proceso de vuelta a la democracia. Cuan importante es que se abran estos espacios de reflexión en nuestros países. Pasaron 30/40 años en casi todos lados y aun así las heridas fueron tan grandes y durante tanto tiempo ocultadas que necesitamos muchos de esos espacios para revitalizar y celebrar la democracia. Yo tuve la suerte de nacer un día antes de que Alfonsín asumiera la presidencia y espero que el resto de mi vida los problemas de este país se intenten resolver en democracia. Sentí mucha angustia estando ahí adentro, nada bueno puede salir de un gobierno que tiene un plan sistemático de desaparición y tortura.
Todas las cosas interesantes que aprendimos en los diferentes paseos que hicimos se complementaron muy bien con las largas charlas que pudimos tener con Dani, Miguel y los chicos. Nos encontramos con una hermosa familia! Me pareció muy admirable el compromiso que tienen con el mundo: son gente que participa activamente de las cosas que les interesan, y les interesan muchas cosas! Participan activamente de la política; se involucran muchísimo en la educación de sus hijos (formando parte de la comisión de padres, abriendo espacios permanentes de diálogos con sus hijos); participan en el cuidado del medio ambiente (separando la basura y yendo cada 15 días a llevar el material reciclable a un “punto limpio”), participan en los ámbitos religiosos a los que pertenecen, hacen mucho por cambiar cosas importantes en su sociedad desde sus puestos de trabajo (ambos trabajan en fundaciones). Tienen ese nivel de compromiso que el mundo necesita. Después de estar tres días con ellos dan ganas de meterse a laburar en todos lados! Que lindo es este viaje, que nos permite aprender siempre algo nuevo!
¿Cuántos somos los que queremos hacer algo por el medioambiente pero ni separamos la basura ni tratamos de disminuir el uso del auto ni cuidamos el agua, ni apagamos las luces? ¿Cuántos nos quejamos porque no sentimos representación política y no nos involucramos de ninguna manera para cambiarlo? ¿Cuántos pensamos que la institución de la iglesia es un lugar de poder y no de fé, pero no nos metemos en las organizaciones que forman parte de esa iglesia? A veces siento que somos una sociedad muy cómoda: queremos un cambio, pensamos que muchas cosas están mal, pero no estamos dispuestos a hacer nada por ese cambio. Queremos “vivir tranquilos”, como si creyéramos que pagando los impuestos alcanza para merecer una sociedad mejor, más justa. Voy sumando listas de cosas en mi cabeza para hacer cuando vuelva. Cosas que quiero cambiar, nuevos hábitos que quiero incorporar, cosas que quiero aprender a hacer… Me entusiasma mucho saber que puedo ser una mejor persona. Espero poder releer esto dentro de un año y sentir que todo este entusiasmo no ha sido en vano.
El que vaya a Chile tiene que saber tres cuestiones fundamentales: la primera, es que tienen un pan EXQUISITO. Hay una de las variedades que se llaman “marraquetas” y son lo más. Creo que vivir en Chile te hace engordar un kilo por semestre como mínimo. Quien tenga sed de emprendimientos, sugiero la producción local de ese producto, es lo más. El otro tema es que llama particularmente la atención que, estando tan cerca, tengamos tantas palabras distintas. Puedo entender el tema de las expresiones: que al “laburo” le digan “pega” o que reemplacen el “boludo” por “huevón”. Lo raro es que a las remeras le dicen poleras, a las poleras les dicen beatles, a la canilla le dicen llave, y así sucesivamente hasta el infinito. Nosotros por suerte contamos con Daniela como traductora simultánea, pero no es tan sencillo entender el español en Chile. La tercera: el subte es espectacular, pero cariiiisimo! Un boleto sale $12 y, aunque está siempre lleno, se viaja muy bien: la frecuencia de los trenes es muy buena, la red es extensa y está todo muy bien señalizado.
El martes finalmente emprendimos el regreso. La falta de GPS ponía en riesgo nuestra vuelta en tiempo y forma, pero las buenas indicaciones que nos dieron hicieron que pudiéramos volver CASI sin perdernos. Ese pequeño desvío nos sumó un peaje, lo que hizo que al llegar al segundo peaje nos faltaran 300 pesos chilenos para poder pagar (nunca fuimos previsores, no íbamos a empezar ahora). La chica del peaje nos dijo que no podía aceptar pesos argentinos ni tarjeta de crédito. Yo me quedé al costado de la ruta esperando expectante la llegada de algún argentino que nos pudiera dar una mano y prestarnos ese dinero (que son aproximadamente $6 nuestros) y Alan se fue al puesto que está al lado de la cabina. Volvió con una moneda de 500 chilenos que le dio un policía! Como si hubiera hecho falta algo para irnos del país con una linda imagen de los chilenos!
A 10 kilómetros de la frontera con Chile el tránisto estaba detenido. Están arreglando ese tramo y hay un solo carril habilitado, de modo que alternan entre los que entran a Chile y los que suben a Argentina. Paramos el auto y, al bajar, Alan se da cuenta de que por el capot sale agua a borbotones. Puta madre, tan cerca de Argentina! Parece que no nos podemos ir a otro país sin algún inconveniente! Mientras que pensamos qué hacer, el agua deja de salir. El tránsito de nuestro lado arranca y decidimos volver a llenar la bomba de agua y seguir viaje mientras que yo lo controlaba sacando la cabeza afuera. No sólo llegamos a la frontera, sino que seguimos viaje hasta San Rafael (en Mendoza). Qué alivio!  Por un momento nos imaginamos transitando otra vuelta rusa…

MENDOZA

Ruta del Vino
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Las acequias, legado de los indios huarpes (habitantes originarios de esta tierra) que permiten que la provincia sea un oasis artificial. Toda la vegetación frondosa de esta provincia no estaría ahí si no fuera por ese sistema de distribución del agua. A veces la mano del hombre hace cosas muy copadas!

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Bodega Di Tommaso

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Camino a Chile

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Parada gastronómica con linda vista

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Puente del Inca (mucho viento)

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Ciclistas todo terreno

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